Como parte de un proyecto para la evaluación final de la asignatura de Literatura Mexicana 5(S XIX)de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el equipo Eros-Mayahuel reescribe "El Zarco" de Ignacio Manuel Altamirano con una propuesta de actualización de ambiente y personajes en relación con el clima de inseguridad y crimen que se vive actualmente en el país.
martes, 13 de diciembre de 2011
Para entender mejor
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Cherán, Michoacán.- En la Meseta Purépecha hay un lugar que es sinónimo de rebeldía y de resistencia histórica; un sitio en donde a la existencia de un pino se le da el mismo valor que el de la vida humana, y en donde los habitantes se levantan como la milpa. Su nombre es Cherán. Este municipio indígena en donde todavía se escuchan los pasos del general revolucionario Casimiro Leco López, quien se caracterizó por defender el bosque y oponerse al sanguinario Inés Chávez y donde aún vive el recuerdo del profesor Federico Hernández Tapia, quien encabezó a principios del siglo XX la oposición en contra de las empresas extranjeras que pretendían explotar los montes, continúa enfrascado en la batalla de defender sus recursos naturales. Con esos hombres como estandartes es fácil explicarse porque a casi 90 días de que los habitantes levantaron barricadas para no dejar entrar la comunidad a los talamontes y grupos armados e impedir sacar madera de sus montes, la resistencia se ha asentado en ese lugar con tanta persistencia como el agua de lluvia. Sin embargo ni los aguaceros ni el transcurrir del tiempo han logrado borrar las lágrimas de las viudas y los huérfanos, diluir el enojo ante el paso impune de camiones cargados con troncos centenarios, ni lavar la sangre que durante poco más de dos meses se ha derramado en este capítulo por defender los recursos naturales. Del 2008 a la fecha, Cherán ha estado convulsionado por las movilizaciones. Primero el pueblo se rebeló en contra del gobierno municipal, que encabeza actualmente, casi simbólicamente, el priísta Roberto Bautista Chapina, lo que se tradujo en los asesinatos no esclarecidos de Jorge Romero Mateo, el estudiante Mariano Ramos Tapia y del ex tesorero y ex presidente municipal Leopoldo Juárez Urbina. En este año, la batalla que emprendieron los cheranenses tuvo que ver con el principal objeto de rapiña, los bosques de la comunidad, que desde hace tres años a la fecha sufrieron un embate nunca visto por parte de los taladores clandestinos, quienes según las denuncias de la gente phoré se aliaron con grupos armados que además se dedicaron al secuestro, la extorsión y el cobro por derecho de piso. La guerra por el monte Este nuevo capítulo de la lucha por la defensa del bosque comenzó el viernes 15 de abril, cuando camiones cargados de madera con hombres armados a bordo se introdujeron en la cabecera municipal, donde se suscitó un enfrentamiento a tiros y un comunero resultó herido. En esa batalla los cheranenses capturaron a cinco presuntos talamontes originarios de Capacuaro, quienes fueron retenidos. Mientras tanto personas de Capacuaro comenzaron a instalar retenes sobre la carretera Uruapan-Carapan para detectar a personas originarias de Cherán a fin de privarlas de su libertad y forzar así la liberación de los presuntos delincuentes. Los de Capacuaro secuestraron vehículos oficiales y privados y también detuvieron camiones cargados con madera clandestina. Esto último supuestamente para demostrar que a pesar de su fama no sólo ellos se dedican a la tala ilegal. Desde ese día la gente de Cherán se atrincheró en la cabecera municipal y comenzó a instalar cientos de barricadas en ese lugar para evitar que los de Capacuaro que habían sido retenidos fuesen a ser rescatados. También se apoderó de autobuses de pasajeros y de camionetas oficiales y privadas. A partir de esa fecha comenzó un estira y afloja entre ambas comunidades y una lluvia de promesas por parte de los gobiernos del estado y federal, en el sentido de comisionar elementos para la vigilancia. La tensión crecía y los cheranenses demandaban la presencia del Ejército Mexicano, pero se negaban a liberar a los rehenes, pues señalaron que había comuneros de Cherán retenidos por sus contrarios de Capacuaro. Casi una semana después de que estalló el conflicto, comenzó a liberarse la presión, ya que inició el proceso para la liberación de rehenes y las autoridades comunales de Capacuaro entregaron en la Presidencia Municipal de Uruapan a cuatro personas de Cherán, entre ellas a un niño. Los adultos retenidos en Capacuaro fueron Ramiro Enríquez Mendoza, Otilio Campanur Tomás, Salvador Macías Guardia y el menor Osiel Salvador Macías. Sin embargo pasaron dos días antes de que los cheranenses liberasen a los capacuarenses Jesús Tapia Chávez, Francisco Ángel Constanzo y los hermanos Marcelino, Artemio y Domingo Margarito Ramírez, quienes finalmente fueron llevados a Morelia, donde estuvieron hospitalizados, fueron dados de alta el lunes 25 de abril y finalmente regresados a su comunidad de origen, sin que se les fincase cargo alguno. Bosque rojo A pesar de que de acuerdo a fuentes oficiales, el miércoles 27 de ese mes iniciaron los operativos de vigilancia estatales y federales para resguardar a la población de Cherán, habitantes del lugar confirmaron que durante esa mañana, ingresaron al bosque comunal talamontes, que habrían hecho fuego en contra de cheranenses, dejando un saldo de dos personas muertas y cinco heridas de gravedad. Se logró saber que los presuntos rapamontes ingresaron al monte, donde se habrían enfrentado con gente de Cherán. Esto ocurrió a menos de quince días de que se registró el primer enfrentamiento entre cheranenses y presuntos talamontes de Capacuaro. Los fallecidos fueron el hermano del ex alcalde, Leopoldo Juárez, Pedro Juárez Urbina y Armando Hernández Estrada, quienes días después fueron velados en la plaza principal. En respuesta, la población afectada blindó de nueva cuenta la cabecera de este municipio indígena. Ese mismo día ya estaban en sus hogares reponiéndose de sus heridas los cinco comuneros capacuarenses, que fueron retenidos durante ocho días, acusados de ser talamontes, en la cabecera municipal de Cherán, informó el representante de Bienes Comunales de Capacuaro, Ramiro Morales Constanzo. El entrevistado precisó que Francisco Ángel Constanzo, Jesús Tapia Chávez y los hermanos Marcelino, Artemio y Domingo Margarito Ramírez no estaban libres bajo fianza, ya que no están siendo sujetos de un proceso penal, como se creyó al principio, luego de que fueron retenidos en Cherán, acusados por la población de haber sido encontrados en flagrancia, mientras tumbaban pinos. Narcobloqueo purépecha La situación se empantanó hasta el 11 de mayo siguiente, cuando comenzó un presunto narcobloqueo en Capacuaro, pero la comunidad se deslindó del mismo y pidió al gobierno del estado que garantizara la seguridad de los pobladores que no participaron en los ilícitos, pues temían por su integridad física. De acuerdo a los testimonios recabados, personas que se dedican a la tala ilegal y que sí son originarios de Capacuaro, se presentaron en compañía de personas ajenas a la comunidad para pedir el apoyo de las autoridades comunales y civiles de esta población a fin de organizar el bloqueo carretero que duró tres días y con el cual demandaban que la Policía Federal saliera de la zona. El apoyo les fue negado porque para participar se tenía que llegar a un acuerdo de asamblea, pero de todos modos las personas conocidas como troceros, por su actividad de corte furtivo de madera, optaron por bloquear la carretera Uruapan-Los Reyes. La resistencia en Cherán Desde el pasado 15 de abril a la fecha, los cheranenses se han manifestado bloqueando la autopista Uruapan-Morelia, marchando en la capital del estado, manteniéndose activos a través de las redes sociales y blogs y organizándose en una especie de gobierno paralelo. A la vez han estado recibiendo el apoyo moral y hasta económico de organizaciones sociales y activistas de diversos países, incluyendo las agrupaciones que se han integrado en la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, que el pasado domingo 26 arribó a la plaza principal de Cherán. Han tenido reuniones con el gobierno del estado y hasta se reunieron con Felipe Calderón, pero ni la actividad de los rapamontes cesa ni se ha recuperado la vida cotidiana en la comunidad, que es además la cabecera municipal, ni mucho menos se han esclarecido los crímenes o detenido a los responsables de la tumba de pinos. Sin embargo, como lo manifestaron cientos de personas ese domingo 26 en la mencionada plaza, ante integrantes de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad: “Cherán vive; la lucha sigue”. |
Justifiacación.
Un año antes de las elecciones presidenciales que se vislumbran como las más violentas en la historia del México pos revolucionario, es prudente cuestionarse los ideales del progreso y de modernidad. Para millones de mexicanos, ha sido doloroso encontrarse frente a un Estado poco democrático, represor e injusto, que se vendió como gobierno de transición y por lo tanto, de aspiraciones diferentes. La educación, el otro eje del avance social, ha sufrido un proceso de privatización y no existe una certidumbre hacia el futuro. Los trabajos, son cada día peor pagados y la seguridad social, ha dejado de ser prioridad para empleadores y gobiernos, eso, sólo por mencionar algunas de las calamidades que atacan al país.
En ese escenario, no resulta sorprendente que para millones de mexicanos la solución no se encuentre en el Estado, a quien asumen como débil y poco representativo. Ahora bien, es imprescindible mencionar, que este fenómeno no es propio del país: el mundo entero se encuentra sumido en una crisis iniciada por las especulaciones de Wall Street en el año 2008, y que se ha sostenido con una expansión artificial del crédito1, cuyas consecuencias se hacen evidentes en países como España, Grecia o Portugal.
Inmersos en un sistema mundo de economía global, cada una de las acciones que afectan a cualquier país, se ve reflejada en los otros, y más aún si son países del sur (Sousa de Santos, 2009), países que con materia prima sostienen las economías extranjeras.
El caso de México es muy particular, bajo la lógica del dinero rápido y los negocios audaces, que es el espíritu del neoliberalismo, el país se ha convertido en un paraíso para fraudes financieros a gran escala como el Fobaproa2 y, grandes industrias, entre ellas las criminales.
En el país, el “achicamiento” del Estado frente a grandes capitales financieros, no sólo ha permitido la privatización de empresas estatales, también ha contribuido al nacimiento y fortalecimiento de cacicazgos, de dominios y de negocios regionales, que en un corto periodo de tiempo, se convierten en poderes fácticos y están al margen del control gubernamental.
La aplicación de políticas neoliberales en el campo, ha obligado a muchos campesinos a competir en un mercado internacional en donde sus productos no son competitivos, así, millares de campesinos han abandonado sus campos y tierras de cultivo.
En México en 2008, según el Tribunal Superior Agrario el 26.7% de la tierra cultivable en el país era usada por narcotraficantes para siembra y cosecha, es decir, dos de cada diez hectáreas agrícolas laborales estaban bajo en control del narco. (Fisgón, 2011)
Justo ahí radica la importancia de la presente novela, en recuperar de alguna forma el debate que se ha venido dando sobre la forma en que el narcotraficante ha sido representado socialmente, sus aportaciones, su cultura, sus actitudes, sus actividades y las consecuencias que traen para el ciudadano común3.
Si bien es cierto que el tratamiento de héroe que se daba al narcotraficante, todavía en la década de los noventa, cada vez está más alejado del imaginario colectivo, también lo es, que sobre la base de un personaje holgazán y vicioso, pocas virtudes se podrían imputar.
Si bien es cierto que el tratamiento de héroe que se daba al narcotraficante, todavía en la década de los noventa, cada vez está más alejado del imaginario colectivo, también lo es, que sobre la base de un personaje holgazán y vicioso, pocas virtudes se podrían imputar.
En ese sentido, la historiografía apuntaría más por un héroe tipo Robin Hood que por un Narco. ¿Cuáles son entonces las características de un narcotraficante venido a héroe? Para el equipo Eros-Mayahuel, las mismas que se le podían imputar a los bandidos de la segunda mitad del XIX: personajes que junto con sus cómplices, entre los que se pueden contar políticos y religiosos, se vuelven millonarios soslayando los escenarios de abandono en los que estaban condenados a vivir, evadiendo a las leyes y perdiendo cualquier vínculo social que no sea el de su propio círculo.
Al igual que en “El Zarco” de Ignacio Manuel Altamirano, a la que esta novela hace clara referencia. El Narco, el personaje principal y que da nombre al texto, está rodeado de bandidos y nada le es negado. Los paralelismos que podemos encontrar entre los personajes no son ocultos y resultaría casi ocioso enumerarlos.
Por el contrario, es imprescindible hacer una diferenciación clara entre los personajes de la novela de Altamirano, y la de Eros-Mayahuel. Si bien el proyecto de Altamirano expresado en “El Zarco” apunta a defender y fortalecer a la patria haciendo, entre otras cosas, que sea el trabajo honrado el mejor posicionado y el de mejores resultados. La novela que hace el equipo Eros-Mayahuel, pretende por el contrario, evidenciar los grandes fallos de los modelos económicos, políticos y sociales. Pone en entredicho, por ejemplo, las políticas de seguridad lanzadas desde el ejecutivo, que desde su perspectiva, han servido sólo para otorgar algún margen de seguridad a grupos hegemónicos soslayando a la población en general.
El pretendido rapto de Marcela, es el pretexto idóneo para que los lectores conozcamos, según la novela, la incapacidad y el poco compromiso que los militares tienen hacia la población. En dicha escena, el castrense esgrime no poder cumplir su trabajo de buscar a Marcela, pues “debemos custodiar a uno de los muchos empresarios que tienen amistad con el señor presidente, si hay contradicciones, yo no sé. Nosotros sólo cumplimos órdenes” (eros-mayahuel, 2011)
Es muy importante mencionar, que la novela no debe ser leída como continuación de la prensa cotidiana, no se trata de que el lector encuentre en ella algo que podría localizar en cualquier periódico, es cierto, que en El Narco desde un acercamiento detallado, se pueden encontrar acontecimientos históricos comprobables que modificaron la forma en que se asumía el papel del Estado Mexicano, y del denominado crimen organizado. Sin embargo, la intención de la pequeña novela, es apelar a la memoria, y poner de manifiesto los fallos en las estrategias de guerra e incluso, busca narrar el terror que viven los ciudadanos inmersos en esa dinámica.
En El Narco, el lector es recorrido por el recuerdo de las atrocidades del 15 de Septiembre de 2008, la detonación de dos granadas de fragmentación que trajeron muerte, y que evidenciaron que estábamos enfrascados en una guerra sin tregua con un enemigo no definido. Muchos de los represores en los años de la guerra sucia, correspondiente a los gobiernos de Luis Echeverría y López Portillo (1970-1982), fueron reclutados por el gobierno para terminar con las guerrillas, estos mismos personajes fundaron luego bandas criminales: Alfredo Ríos Galeana, Daniel Arizmendi, Miguel Ángel Félix Gallardo entre otros (Fisgón, 2011) ¿cómo es posible que los sicarios empezaran su carrera como agentes del orden?
Si partimos de un escenario en el que la corrupción es terreno para fraudes y saqueos al erario, podremos comprender cómo el crimen organizado capitaliza las faltas en el sistema de gobierno.
Desde niño, el Narco había tenido una vida llena de tormentos y desdichas; mientras prendía un cigarrillo comenzó a pensar acerca de este período de juventud primera. Sus padres, ambos maestros rurales en Santa Clara del Cobre, procuraron a toda costa que su hijo se hiciera un hombre de bien y, con el tiempo, podrían esforzarse para mandarlo a la capital. (eros-mayahuel, 2011)
El Narco propone además categorías de análisis, retoma algunos de los elementos propuestos por las agencias internacionales para comprender el fenómeno del narcotráfico en México y los traspola a otras realidades. El Triángulo Dorado del Sur, es la respuesta al Triangulo Dorado4, de esa manera, que la historia se desarrolle en lugares diferentes a los que tradicionalmente se desarrollan las historias sobre narcotraficantes, arroja luz sobre la forma en que Eros-Mayahuel asume al país, en esta dinámica, no es el norte agreste el lugar más peligroso del país, también lo es el sur. Si el Triangulo Dorado voltea para Estados Unidos, el Triangulo Dorado del Sur mira para Guatemala, El Salvador e incluso Colombia. ¿Quién está a salvo en un país dominado por doce cárteles?
Si en Altamirano la forma de resolver es el trabajo honrado, en El Narco, el trabajo honrado, no sólo es poco remunerado, es considerado por el común de la población como ignominioso, “No, nunca –agregó Marcela indignadísima– jamás me casaré con un indio pescador, pobre y enfadoso. Ni siquiera lo soporto cuando viene de visita” (Eros-mayahuel, 2011). Para Eros-Mayahuel, la solución está en otras formas, no en voltear a las autoridades. Según la novela, la resistencia popular combinada con la unidad civil, y la convocatoria cada día más amplia de movimientos sociales articulados y más organizados, son respuestas mejores. Eros-Mayahuel, no cree en individuos, no deposita su destino en autoridades. Cree en grupos de sujetos organizados que tienen la fuerza suficiente para exigir justicia, considera que las políticas de aislamiento del tipo “cada quién con su pantalla” son inoperantes, pues sólo reciben un mensaje estándar que no choca con preconceptos del público. Eros-Mayahuel cree además que la ambición por el lujo, lejos de ser un valor fundamental, tal y como se maneja en las sociedades modernas, es un funesto resultado.
1Consúltese la Teoría austríaca del ciclo económico.2Fondo Bancario de Protección al Ahorro. Fondo de contingencia creado en 1990 por el gobierno mexicano para enfrentar posibles problemas financieros extraordinarios, inscrito en la dinámica del Tratado de Libre Comercio y bajo la supervisión del FMI. (Salcido, 2010)
3Consúltese bibliografía. Hobsbawn, Joseph y Slatta.
4Región formada por los estados de Durango, Chihuahua y Sinaloa. Que es conocido entre otras cosas, por ser el lugar con la mayor superficie de cultivo de marihuana y amapola. (Torreón, 2007) y por no permitir ningún tipo de incursión de las fuerzas federales.
Altamirano y el Romanticismo Mexicano
Es imposible reelaborar una novela de Ignacio Manuel Altamirano sin conocer las características de su narrativa. Así como no es posible comprender éstas sin enmarcarlas en su corriente literaria, a saber, el romanticismo mexicano.
Es de esta manera en que la narrativa de Altamirano forma parte de su proyecto de nación, en este breve apunte se mencionará en qué consistía éste.
“No hubo uno sino varios romanticismos, acordes con las circunstancias específicas de cada país”. (de Paz citado por Illades 13) En México, el desarrollo del romanticismo coincide con dos círculos literarios: el de la Academia de Letrán y el del Liceo Hidalgo. El círculo de San Juan de Letrán fue formado por Manuel Tossiat Ferrer, José María y Juan Nepomuceno Lacunza, y Guillermo Prieto. A partir de 1836 este colegio abrió sus puertas a poetas, científicos y periodistas, todos compartían el gusto por escribir y por la charla amena y culta. Poco a poco se fueron sumando a él eminentes personalidades de la cultura en México, como Andrés Quintana Roo (quien fue nombrado presidente perpetuo de la Academia de Letrán), Manuel Carpio, José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván, Ignacio Ramírez y José María Lafragua. (Illades 54) Estos escritores manifestaron una decidida tendencia a mexicanizar la literatura, en sus obras ya se manejan temas propios de la historia de México, tanto de la época prehispánica como de la colonia. Asimismo, en sus obras, ya existe un afán por retratar cuadros de costumbres y personajes tipo de nuestro país. De igual forma, se comienza a resaltar la belleza del paisaje mexicano. En este círculo encontramos dos tendencias políticas: los conservadores y los liberales, los primeros querían mantener la tradición; mientras que los segundos pugnaban por renovarla. Los escritores que militaron en el partido conservador fueron clásicos. Del mismo modo, la mayoría de los militantes del partido liberal fueron románticos. La academia de Letrán dejó de celebrar sus juntas semanales en 1856, poco antes del inicio de la Guerra de Reforma. México atravesaría otra vez un periodo bélico que no se calmaría sino hasta 1867, a partir de este año se iniciaría una segunda generación de escritores románticos encabezada por Ignacio Manuel Altamirano. El Liceo Hidalgo fue el sucesor de la Academia de Letrán. En sus inicios, en 1849, fue presidido por Francisco Granados Maldonado. Posteriormente, en 1951, Francisco Zarco tomaría la guía de este círculo, más adelante lo haría Altamirano. Entre sus miembros más destacados se encuentran: Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, José María Roa Bárcena, José Tomás de Cuéllar, Francisco González Bocanegra, Vicente Riva Palacio, José Martí, Francisco Sosa, Justo Sierra, Manuel Acuña e Ignacio Manuel Altamirano. (Illades 60-61)
En el Liceo Hidalgo se desarrolla la segunda generación del romanticismo, teniendo como guía y como máximo exponente a Ignacio Manuel Altamirano. Éste logra conciliar las dos tendencias políticas de la época: los liberales y los conservadores se adhieren al proyecto de nación de Altamirano y se funde en una corriente literaria el clasicismo y el romanticismo. Así pues, es Altamirano, el hombre de armas1 y letras, quien convoca a los intelectuales mexicanos para promover y construir junto con ellos el programa de nación. México “agotado por luchas fratricidas sólo podía fortalecerse y engrandecerse con el retorno a la propia esencia y a su pasado más noble”. (Carballo 18) En efecto, este proyecto buscaba que, por medio de la literatura, se creara en el pueblo una conciencia cívica, encaminada a valorar las tradiciones propias, a reconocer a los héroes de la patria y a sus detractores.
En este programa de nación la novela tiene un lugar fundamental, en tanto que “ocupa ya un lugar respetable en la literatura”, “difunde el amor a lo bello, el entusiasmo por las artes, y aun sustituye ventajosamente a la tribuna para predicar el amor a la patria”. (Carballo 20) Asimismo, la novela constituye un vínculo entre los intelectuales y la masa. A su vez, la novela es propicia para formar moralmente al hombre, así se observa en las novelas de Altamirano, con claridad se distingue el personaje que simboliza la virtud y el que simboliza la degradación. Así las cosas, encontramos que para Ignacio Manuel Altamirano, la literatura no tiene un valor per se, sino que éste se supedita a sus cualidades políticas, morales y pedagógicas. No obstante, sus novelas tienen un valor estético (se valen de recursos estéticos). En efecto, la narrativa de Altamirano se caracteriza por ser pulcra, llana, fluida, esmerada y elegante. Este autor sentía “una gran repugnancia hacia el adorno verbal exagerado, los juegos atormentados de la perífrasis, la intención sobrecargada en la metáfora”. (Acevedo citado por Carballo 17) Otro elemento loable de la narrativa de Altamirano es la cabal cohesión de la historia. Todos los episodios se enlazan de manera armónica. No hay capítulos que sobren, no hay pasajes que se puedan extraer sin perjudicar la trama o la estética del texto. Cabe destacar también, la admirable forma en que Altamirano concatena un capítulo con otro, porque gracias a esto sus novelas envuelven al lector, lo mantienen emocionado, interesado. Parece muy sencilla la forma en que Altamirano nos cuenta una historia: ubica al lector en el espacio y en el periodo histórico, presenta por separado a los personajes principales y después los relaciona, a partir de estos vínculos se desatan los conflictos. No obstante, al establecer lazos de unión entre los personajes genera una serie de expectativas que mantienen al lector completamente sumergido en la obra. A su vez, dado que sus novelas están cabalmente cohesionadas, éstas propician que el lector lleve a cabo el proceso de anticipación, es decir, que prevea lo que va a ocurrir y formulé una hipótesis. De igual forma, el lector mediante el proceso de retrospección, logra satisfacer sus expectativas. (Wolfang 222-223) Vemos, pues, que es plausible realizar un estudio de las novelas de Altamirano, utilizando la teoría de la recepción2.
En lo que respecta a la ubicación geográfica podemos decir que “introduce Altamirano un elemento hasta entonces inédito en nuestra novela: la perspectiva”. (Acevedo en Altamirano XIII) En efecto, el autor está interesado en ensalzar la belleza del territorio mexicano, y de forma artística representa su geografía que resulta sumamente atractiva porque está llena de color y muestra la abundancia de la flora mexicana.
Todos los aspectos mencionados anteriormente sobre la narrativa de Ignacio Manuel Altamirano han sido tomados en cuenta para la elaboración de El Narco.
1Cabe mencionar que Altamirano llego al grado de Coronel y en batallas como la del sitio de Querétaro tuvo incluso una participación destacada. Véase el prólogo de Antonio Acevedo Escobedo en Altamirano, I. M. Aires de México. UNAM, México, 1999.
2En el trinomio autor-texto-lector, la teoría de la recepción se concentra en revisar el papel que desempeña el lector al relacionarse con el texto.
I
MORELIA
Morelia es la capital del estado de Michoacán, el cual ha sido el escenario geográfico de grandes episodios en la historia de nuestro país. Valladolid, antiguo nombre de esta urbe, es la zona más extensa y con mayor densidad poblacional del estado; la tercera de la Región del Bajío.
Para arribar al corazón asalmonado de los purépechas, es necesario desplazarse por el norte, pues es la vía más corta. El paisaje que se observa siempre adquiere la forma grisácea de las marginales zonas conurbadas pero, pasando las industrias de Toluca y las casitas de lámina de Atlacomulco, aquello transforma al viajero en un explorador del bosque templado -aunque seco en invierno-, culminando con la intromisión de la autopista que lleva a Maravatío y después, a Morelia.
Conforme uno se aproxima, la tierra escarpada, que linda con el pavimento del camino, se torna rojiza y apretada; las nubes se abren para dar paso al astro abrasador y el viento repentino acaricia el rostro dulcemente. El valle donde se sitúa nuestro fulgor rosado se envuelve desde el norte hacia el suroeste con la sierra de Otzumatlán. Ésta, a lo lejos, conjuga sus tintes purpúreos cuando cae el sol con el color rosa atenuado de las paredes morelianas.
Esta esplendorosa ciudad, erigida en cantera rosa, alza sus magnánimos monumentos arquitectónicos al norte del estado. Dichos edificios adornan la localidad mostrándose, de día, alegres y vivos gracias a su pintoresca faz, de noche con la iluminación artificial de la Catedral, el Palacio de Gobierno y la Casa de Cultura¬, parecen alumbrados por el carruaje de Faetonte encendiéndose en un amarillento y provocativo resplandor.
Desde principios del siglo pasado, se ha logrado mantener ardiendo el espíritu turístico por los habitantes de la ciudad colonial y su típica piedra rosada destaca, incluso, en las construcciones recientes, ya en el centro, ya en las periferias de la ciudad.
Una de las características principales de Morelia es el trazado de sus calles; éstas rematan, la mayoría de las veces, en pequeñas iglesias adornadas igualmente con la típica cantera virreinal para dar un aspecto de orden, inteligencia y esplendor.
II
EL AMBIENTE
Una madrugada de septiembre, mientras las fiestas conmemorativas de independencia se acaloraban alegremente con gritos y largos tragos de charanda, se detonó una granada de fragmentación que asoló a la población entera.
Entre llantos y gritos (ya de otra índole) los habitantes, que habían salido de sus casas para escuchar una representación de lo que fue el grito de libertad del cura Hidalgo, huyeron despavoridos por las adoquinadas calles del centro, frente a la catedral, en la Plaza Melchor Ocampo. De igual manera sucedió otro estallido de la infernal pólvora en el cruce de la avenida Francisco I. Madero y Andrés Quintana Roo.
El año 2006 fue tormentoso para Morelia, no sólo por sus atentados septembrinos a la población civil, sino por la inseguridad que se vivía en las calles todo el tiempo. Al siguiente día, el percance había pasado mas no el temor. Varios policías y agentes del Ministerio Público se reunieron en el Palacio de Gobierno para esperar órdenes directas del presidente de la República.
A pesar de todo, la gente estaba acostumbrada a este tipo de cosas. Todos los días se viajaba en el transporte público y se escuchaba por el radio al menos cinco noticias de gente desaparecida, muerta o torturada. La violencia llegaba a tal punto, que el gobierno local publicó varios comunicados alertando a la población para tomar medidas preventivas en contra de los criminales; los mandatarios municipales, que llegaban pocas veces a presentarse en las asambleas del Palacio, confirmaban también que el asunto se había salido de control y que se necesitaba recurrir a la población civil. Pero en Morelia, y en todo el Triángulo Dorado del Sur, la gente sabía perfectamente quiénes eran los responsables: los narcotraficantes.
Estos bandidos, hombres de cruel corazón, se dedicaban al comercio ilegal de drogas. Para tal efecto se reunían en cárteles, y uno de éstos controlaba todo el Triángulo Dorado del Sur -que comprende los estados de Michoacán, Guerrero y Veracruz-: Los Dorados.
Los Dorados recibían ese nombre por sus ostentosos atavíos de oro. Las personas conocían bien a estos desalmados y la descripción de uno puede funcionar para todos: estos hombres usan sombreros tejanos y botas de piel de serpiente, hebillas de oro; largas y gruesas cadenas alrededor de sus cuellos regordetes; anillos y relojes también áureos; pantalón de mezclilla o pana; y camisas abiertas casi hasta el ombligo con estampados de colores muy brillantes.
Las organizaciones criminales (cárteles) establecían un punto de reunión seguro para discutir sus negocios y asaltos. Éste era el puerto de Acapulco.
La población había rescatado tres camionetas de la línea estatal de transportes y con ellas se protegían. La protección consistía en organizar rondas nocturnas de vigía y, cuando los Dorados se acercaban a toda velocidad en sus relucientes Hummer, Durango, Escalade o Navigator, las camionetas retrocedían para comunicar con un megáfono del municipio la ubicación certera de los narcotraficantes. Cuando la ronda pasaba, las calles asemejaban desiertos infinitos, o llanuras solitarias. La noche envolvía con tinieblas la ciudad y ésta parecía marchitarse con el paso de las horas y los días. Reinaba, pues, un ambiente de hostilidad y de tristeza en toda la urbe de cantera rosa.
III
PÁTZCUARO
En Pátzcuaro, en los alrededores del libramiento circundante al pueblo, se encontraba una casita, aunque modesta en su construcción, limpia y bien ataviada. Su fachada estaba decorada a la usanza del pueblo: pequeñas tejas rojas de barro cocido cubrían el artesonado; las paredes estaban cimentadas con grandes bloques de adobe pero recubiertas con barnices y pinturas (color rojo en la parte inferior, desde el piso hasta alcanzar un metro, y blanco en la parte superior); la puerta era estrecha y de una madera muy gruesa traída especialmente de Quiroga, ésta se abría con un cerrojo de hierro que unía sus dos hojas.
En el interior, la casita se distinguía por tener una fuente en el medio, ésta fue labrada en cantera por un amigo de la familia, artesano de Tacámbaro, que en otros momentos la auxilió en su llegada al pueblo. En ese mismo año, 1986, el recién llegado padre de familia mandó colocar también varias jardineras con flores de cempasúchil, que se mostraban alegres y coloridas donde terminaba el patio y comenzaba el asentamiento de las habitaciones. Éstas se hallaban distribuidas en un cuadrado perfecto, e independientes entre sí, por tanto, para pasar de la cocina a la sala era necesario salir a un corredor estrecho que rodeaba el patio e ingresar a la otra habitación.
Dentro de la casa, en la sala de televisión, se encontraban tres mujeres. La primera era joven, blanca y de ojos ligeramente claros, con aire garboso, elegante y risueño. Era delgada como las modelos que pasaban por los concursos de belleza en el canal 9 y podría decirse que en ella se leía un espíritu libre pero atrevido. Estaba sentada en un sillón algo viejo, jugando distraídamente con las funciones de su celular y mirando de reojo las animadas discusiones de la telenovela de la tarde. La otra era menor y morena; conservaba un aire melancólico y opuesto al de la anterior. Miraba atenta una revista juvenil con temas para novias: vestidos, comida para los invitados, mantelería y salones de fiesta.
- Mamá -dijo la mujer del celular, dirigiéndose a la tercera, que era madre de la joven y miraba atentamente la televisión- mira a Azucena, siempre pensando en casarse.
- ¿Quién, yo? -exclamó con incertidumbre la morena amiga de la familia.
- Sí -replicó la otra con algo de malicia- tú sólo piensas en casarte y pasas todo el día soñando en un hombre perfecto que se parezca al vampiro pálido de las películas. Yo no pienso casarme todavía, disfruto de mi juventud plenamente.
- Niñas -prorrumpió la señora con tono enfadado-, déjenme ver la telenovela. No hablen de esas cosas. Además saben cómo están las circunstancias hoy día. Ambas pueden hacer lo que les plazca y ojalá pudieran salir cuando quisieran.
- Es una pena; -dijo con tristeza y enojo Marcela, la joven blanca- si pudiéramos tan sólo salir a los bailes y a las ferias, otra cosa sería.
- Sí hija, ya lo sé; pero ¿cómo quieres pensar en eso mientras nosotras apenas sobrevivimos con esta inseguridad que han infundido Los Dorados? Todos los días debemos escondernos en nuestras casas a las siete de la tarde para refugiarnos de los peligros y esperar a que las camionetas vuelvan de las rondas. Siempre oigo en el mercado: “que ya levantaron al Juan”, “que se llevaron a fulanita de tal”, “que hubo un fuego cruzado en tal kilómetro”, “que descargan mercancía en tal o cual lugar”, “que ahí viene el Narco tendido en su Hummer”. Este pueblo y todo el estado se ha vuelto un horror.
IV
TOMÁS
La señora concluyó con rabia en el corazón y lágrimas en los ojos. Por aquél tiempo podía respirarse en el ambiente una tristeza grande y profunda. Los rostros de los habitantes estaban pálidos y preocupados. No habían permitido que se llevaran a cabo los bailes típicos en la Plaza de Gertrudis Bocanegra. Todo se desvanecía y, aunque no se perdían las esperanzas, México parecía aquel Apolo poderoso e impotente ante su Dafne que, aunque sufría a causa de su mutación, él mismo la había provocado; así, los mexicanos habían permitido que la delincuencia organizada creciera y que los cárteles se establecieran cómodamente en el estado viajando en avionetas tipo cessna, y ahora lloraban padeciendo las consecuencias.
Marcela se estremeció al oír el nombre del Narco, pero su madre interrumpió sus pensamientos.
Estoy harta de esta vida. Desde que murió tu padre hemos ido de mal en peor. No podemos trasladarnos a México porque las carreteras están infestadas por esos bandidos y tampoco tenemos el dinero para viajar ni adónde ir.
¿Y, entonces, cuál sería la solución? preguntó Marcela.
Pues casarte, hija contestó la señora.
¿Con quién? respondió.
¿Cómo con quién? dijo la madre enternecida, pues con Tomás. Él es un joven que te quiere, que te respeta; viene todos los días, haya lancha o no, hasta nuestra casa sólo para saludarte. Mientras tanto tú le haces desprecios y altanerías que no se merece.
No puedo casarme con ese pescadorcito de Janitzio agregó Marcela disgustada En lugar de eso podríamos quedarnos aquí y escondernos como hasta ahora.
No sólo tenemos el peligro de los asaltos y el tráfico en las calles argumentó la madre preocupada, también sabemos que Los Dorados han estado controlando el Triángulo Dorado del Sur y que viajan a diario de Acapulco a Morelia y, últimamente, a Pátzcuaro, rondando la casa varias noches. He oído que algunos de ellos hablan de ti y dicen: “nos vamos a llevar a esta morra para Acapulco”.
Esos son chismes contestó Marcela, yo nunca he visto a nadie. Si Los Dorados llegaran a estar cerca, todo el pueblo se enteraría por los altavoces de las rondas. Además, nunca salgo a los bailes y llego temprano de la escuela.
Mira hija, estos hombres son capaces de todo; lo dicen en las noticias y en el radio; incluso el presidente está al tanto de la situación con su supuesta “Guerra contra el Narcotráfico”. Ellos viajan en grupo y tienen a muchos empresarios aliados a sus negocios. El mismo gobierno ha propiciado que se desate esta incontenible y desastrosa batalla.
¿Qué ganaría yo casándome con Tomás? dijo Marcela.
Pues no sólo estabilidad económica, sino protección y cuidado. Además él trabaja para el dueño de los restaurantes del centro y es un gran empleado. Podría defenderte junto a sus compañeros si llegara a suceder un asalto al centro. Los Dorados andan mucho por las carreteras y, a la plaza grande, no se atreverán a pasar.
¡No, nunca! agregó Marcela indignadísima Jamás me casaré con un indio pescador, pobre y enfadoso. Ni siquiera lo soporto cuando viene de visita.
Fíjate bien en lo que dices, Marcela dijo la madre. Ni tu padre ni yo te hemos dado esos valores. No sé si los has aprendido en la televisión o en esa escuela técnica a la que vas. ¿Cómo puedes hablar así de Tomás? Tu padre y yo tratamos de enseñarte el valor de la familia y no el de los billetes. Tomás es un joven honrado y trabajador que ha pasado jornadas enteras en las lanchas.
Sí, señora intervino Azucena, que había permanecido callada desde el principio Tomás es un excelente muchacho, quiere mucho a Marcela y sería un buen marido.
Pues deberías casarte tú con él agregó Marcela.
Con todo esto, cualquiera sería capaz de notar la maldad escondida detrás de esa cara angélica. En ese momento sonó el timbre de la puerta, era Tomás.
Tomás era un hombre joven con rasgos indígenas que recordaba a la imagen del poderoso Cuauhtémoc defendiendo la ciudad. Era inteligente, noble y de buen corazón. Sus ojos eran profundamente negros y rasgados; su boca ancha y carnosa; y sus manos fuertes y callosas.
V
EL NARCO
Soy el jefe de jefes, señores,
y decirlo no es por presunción,
muchos grandes me piden favores
porque saben que soy el mejor.
Aquél gallardo conductor miraba ya su pesado reloj dorado, ya el reloj digital del radio, como preocupado por la hora. Antes de entrar al libramiento, detrás de una pequeña elevación de tierra que estaba a diez metros del camino, el hombre detuvo su Hummer. Abrió la puerta y de un salto llegó al suelo. Se dirigió hacia la reluciente cajuela y examinó su interior sosegada y metódicamente. Tomó un sombrero negro que ahí se encontraba y revisó que sus tres cuernos de chivo estuviesen en sus estuches. Rodeó el carro por el lado del copiloto y miró bajo el asiento hasta reconocer sus dos paquetes de cocaína. Una vez hecha esta revisión rutinaria, el conductor volvió a su asiento y continuó el paseo nocturno por la autopista.
Empezaba a reconocer Pátzcuaro por los farolillos que alumbraban a los diurnos comercios, ahora cerrados; los hoteles modestos pero bien pintados; y la neblina que todas las noches descendía como un manto fantasmal cubriendo todo el lago de Janitzio y gran parte del pueblo.
Cuando divisó la entrada a Los Nogales disminuyó la velocidad y se detuvo en el terreno que está detrás de una bodega de materiales para la construcción. Ahí repitió su afanosa preocupación por la hora mirando el reloj de pulsera que relucía espléndidamente con la luz de la luna. Un momento después cruzó pausadamente el libramiento. Cuando llegó al otro lado, el ruido de un motor llamó su atención y miró por el retrovisor una hermosa Ford Lobo roja que iba con dirección a Pátzcuaro.
Ese bato es el pescador pensó el hombre, mientras subía el cierre de su chamarra de cuero.
Avanzó tres cuadras hacia adentro de la población donde todo yacía en silencio. La luz de los reflectores públicos alumbraba tenuemente las calles empedradas y hacía que las casitas, todas rojas y blancas, tuvieran un aspecto muy cálido y hogareño. Tomó por la avenida Lázaro Cárdenas y antes de llegar a las Siete Esquinas, dobló a la derecha. En esa calle el alumbrado era de mejor calidad y así podía distinguirse aquel misterioso conductor.
Era un mozo como de veinticinco años, alto y delgado; su aspecto, a lo lejos daba la impresión de un héroe antiguo, pues se divisaban sus grandes adornos de oro. Su camioneta negra era inmensa y poderosa. Tenía un motor arreglado que alcanzaba los trescientos veinte kilómetros y sus ingentes llantas parecían las piernas de un impetuoso titán. La carrocería llevaba una capa de blindaje y los vidrios eléctricos un polarizado muy obscuro, blindado también.
El joven vestía como todos los narcos de su época: traía chamarra de piel con forro de borrego; pantalones de mezclilla azul marino; botas de piel de serpiente; lentes obscuros; un bigote tupido pero recortado; cinto piteado con hebilla de oro; sombrero negro tipo tejano; cinco largas y gruesas cadenas de oro que se deslizaban hasta el pecho; un escapulario de Jesús Malverde; dos pistolas five-seven de 5.7 x 28mm sujetadas por la presión del cinturón; cuatro anillos voluminosos en cada dedo de la mano, exceptuando los meñiques pues los necesitaba para poder inhalar algunos gramos de droga; y pulseras incrustadas de diamantes y demás esclavas de oro. Debajo de la chamarra se asomaba una camisa abierta hasta el pecho, estampada con motivos de caballos.
El interior de la camioneta donde viajaba, asombraba por su excesivo lujo. El tablero estaba fabricado con molduras de caoba y una infinidad de botones brillantes y palancas lo tapizaban. Detrás de los asientos delanteros había dos televisiones pequeñas, incrustadas en los respaldos, también se hallaban dos equipos DVD y múltiples compartimentos con audífonos. Los asientos estaban forrados con vinil blanco y oloroso. Encima del espejo retrovisor colgaba el primer zapatito de su sobrino y un rosario de madera, regalo de su tía Conchita; asimismo colocó en la parte superior del tablero un tapete de peluche blanco.
El hombre esperaba dentro de su auto estacionado, mirando desde su asiento el lugar donde había llegado. Poco después abrió su guantera y e inhaló rápidamente el polvo de la cajita dorada. Miró el reloj y notó que eran las doce. Aquella noche las calles parecían desiertas y las piedras de los caminos brillaban o se ensombrecían según la posición de los postes de luz. Todo tenía el aspecto tranquilo de un pueblo mexicano y, aunado a esto, el espanto de la población hacía que las calles quedaran más desérticas que de costumbre.
Avanzó su camioneta media cuadra y se parqueó cerca de un árbol que cobijaba la calle con una sombra espesa, ahí se apeó de la Hummer. Caminó unos pasos adelante y se acercó a la ventana de una casa que daba a la calle. En ese momento se escuchó una especie de silbido casi irreconocible; del mismo modo, dentro de la casa, se escuchó otro silbido a manera de contestación, en seguida se encendió dentro una lamparita de mano y apareció una mujer abriendo cautelosamente la ventana.
Marcela dijo en voz baja El Narco.
Narco, mi vida respondió la voz de la mujer.
En efecto, ese hombre forrado de lujo y oro era el temido Narco, sicario que aterraba al país entero.
VI
EL ENCUENTRO
La pequeña casa bicolor estaba cercada por troncos delgados e informes, enterrados en el piso y unidos con alambres. La empalizada estaba tan próxima a la vivienda que difícilmente dejaba espacio para recorrer su periferia.
Marcela se encontraba con doña Consuelo, su madre, sentada alrededor de la mesa circular de la cocina. Ésta notó que esa noche el nerviosismo común de su hija se retrataba con más fuerza en su rostro.
La blanca joven abandonó a su madre en la cocina con el pretexto de sentirse agotada. Entró apresurada a su habitación para poder llegar temprano a la cita que pactó con su amado. Ellos acordaron el día en que se encontrarían, de la manera más confidencial que conocían: mensajes de texto.
Los dos enamorados se veían a escondidas a través de la única ventana que había dentro del cuarto de Marcela. Ésta daba a la parte más oscura de la empedrada y angosta calle y, a pesar de que a ambos amantes les resultaba incómodo aquel lugar, las circunstancias los obligaban a reunirse en dicho sitio obstaculizador para la cercanía.
Marcela había improvisado debajo de la ventana una base que le permitía sacar la mitad del cuerpo para tener más contacto con su amor. A la hora crepuscular, los días que había de recibir las visitas del Narco, colocaba una escalera de madera derruida debajo del marco de la ventana para que los dos estuvieran a la misma altura y así pudieran disfrutar de los cálidos y apasionados besos y de las pocas caricias que lograban proporcionarse entre aquel pequeño cuadro.
Cuando la hermosa muchacha asomó su rostro, observó la ostentosa camioneta negra del Narco. En ese instante pudo ver una sombra que subía por la escalera y su alma se llenó de felicidad. El Narco subió hasta donde ella esperaba y la estrechó con gran emoción entre sus brazos. Después del saludo Marcela le manifestó la preocupación que la había asaltado durante la tarde por pensar que tal vez él no llegaría a la cita.
La angustia de Marcela se debía a la resolución que su madre había tomado. Le dijo al Narco que habían decidido partir a la ciudad de México inmediatamente a causa de los grandes peligros que corrían en Pátzcuaro por el aumento repentino de la inseguridad que amenazaba a la población michoacana desde algún tiempo atrás. Le comunicó al bandido que posiblemente partirían al día siguiente, cuando un escuadrón del ejército llegara a Pátzcuaro. Al viajar con los militares, podrían estar protegidas a lo largo del camino. Al escuchar esto El Narco le respondió a su amada:
No temas mi reina, no nos separaremos por la inoportuna decisión que ha tomado tu madre. Si estas dispuesta a vivir de la forma en que yo vivo, con peligros constantes, pero grandes lujos, podemos escapar mañana al anochecer. Pero debes saber que no es una vida fácil de llevar, que tal vez será difícil acostumbrarte. No quiero que después del amor que me profesas ahora, si aquella vida no te agrada y te hace sufrir a pesar de mis empeños por cumplir todo lo que me pidas, se origine en ti un odio desmesurado.
¡Eso nunca! contestó Marcela exaltada ¡Yo por ti haría cualquier cosa que estuviera en mis manos y sacrificaría absolutamente todo, hasta mi hogar! Si nos vamos, me comprometo a resistir cualquier inconveniente que se nos presente y a dejar de lado el temor que me pueda causar cualquier situación en la que nos encontremos. ¿Nos casaremos?
La joven de Pátzcuaro estaba profundamente enamorada del infame hombre y, aunque no lo conocía, se dejaba impresionar por todos los regalos que le daba y por todas las aventuras que el relataba.
Eso después lo veremos, Marcela, ahora sólo hay que pensar en la fuga. Si es verdad lo que dices, todo está resuelto dijo El Narco con gran impresión y con el corazón rebozando de placer, mañana, a la misma hora de hoy, aquí mismo, vendré por ti y nos iremos a Acapulco, donde tengo una modesta casa que me sirve de refugio en tiempos difíciles. Debes empacar sólo las cosas imprescindibles porque cuando allá nos encontremos te proporcionaré lo necesario para que vivas como una princesa. Por favor, no olvides las joyas que te he regalado. ¡Mañana será el día! Nos vemos, mi vida–. El Narco la besó ardientemente, le dio otras joyas que había comprado con el dinero de la venta de media tonelada de cocaína, y se marchó. La joven cerró la ventana e imaginó su vida futura; le parecía maravillosa. ¡Estaba tan feliz!
Ojalá que la niña hubiera pensado mejor la propuesta del Narco. Ella creía que la vida de los Dorados era espléndida. Soñaba con tener ya todas las riquezas que aquella existencia le proporcionaría. Sin embargo se engañaba. Era seguro que tendría una vida llena de excesos materiales, empero todas las pertenencias no compensarían los riesgos y el maltrato a que se expondría rodeada de narcotraficantes. La codicia ganó la batalla, casi imperceptible, que se llevó a cabo en las entrañas de Marcela.
A la mañana siguiente, doña Consuelo y su hija hicieron todos los preparativos para el viaje. Marcela parecía sumamente alegre y emocionada. Ya en la tarde, Tomás, el honrado pescador, las visitó, pero sólo encontró en la cocina a doña Consuelo que lo recibió con mucho gusto y le informó que Marcela estaba cansada y de humor cambiante. Al joven esto no le interesó mucho pero, con respecto al traslado, le aseguró a la mujer que al otro día podrían partir y que él las acompañaría hasta donde fuera posible. Después se despidió afectuosamente y salió de la casa.
VII
QUIÉN ERA EL NARCO
Mientras Marcela se regocijaba con sus obsequios, El Narco tomaba de nuevo el camino a Morelia y, más tarde, la avioneta que lo dejaría en Acapulco. La obscuridad de la noche había caído ya profundamente sobre la carretera y la neblina habíase convertido en una espesa y lechosa niebla.
El narcotraficante, como conocedor de aquellos lugares, encendió las luces largas de su camioneta y recorrió eléctricamente el quemacocos. Iba cantando –de vez en vez– ciertas estrofas de los narcocorridos que lo mencionaban; pero otra cosa ocupaba su mente. Pensaba en el amor de aquella morra bella y alegre. Después de tanto esperar, por fin iba a caer en sus manos. Esta era la mujer que el Narco deseaba desde su primer encuentro. Había tenido otras aventuras de amores en los cabarets cercanos a Capula y Tzintzuntzan pero nunca sintió aquel deseo, aquel ardor en el pecho como lo sintió con Marcela.
Tras un momento de reflexión, el Narco se dio cuenta de la necesidad incansable que le palpitaba en el pecho desde hacía muchos años. Esa necesidad era la de pasar su vida al lado de una compañera.
Desde niño, el Narco había tenido una vida llena de tormentos y desdichas; mientras prendía un cigarrillo comenzó a pensar acerca de este período de juventud primera. Sus padres, ambos maestros rurales en Santa Clara del Cobre, procuraron a toda costa que su hijo se hiciera un hombre de bien y, con el tiempo, podrían esforzarse para mandarlo a la capital. El Narco, que había dedicado su niñez a holgazanear, amedrentaba a sus compañeros y vecinos hasta hartarse. Con el tiempo, aquel niño solitario se convirtió en un adolescente osco y sombrío.
Un buen día decidió abandonar su casa para irse con el tío de un amigo que transportaba artesanía de cobre. Allí permaneció dos años y obtuvo después varios trabajos temporales debido a su mala conducta. En sus ratos libres, que eran bastantes, se dedicaba al juego y a las riñas en las cantinas y pulquerías de los pueblos donde habitaba, de esta forma transformó completamente su carácter y consiguió varios enemigos.
Nunca había amado a nadie y nadie lo había amado; siempre andaba con el ceño fruncido y con el puño listo para la afrenta. Cansado de vivir entre la servidumbre y los trabajadores asalariados, el Narco huyó hacia Morelia donde conoció a un grupo de traficantes de fayuca; en seguida, se destacó por ser un líder nato y por entregar los pedidos diligentemente, así fue creciendo en el negocio hasta adueñarse de él. Pasó el tiempo y en menos de tres meses el esbelto joven había entrado en el negocio de las drogas, controlando tres estados de la República y siendo, a su vez, el jefe más respetado de todo el sur por su temible carácter y sus castigos crueles y despiadados.
Esta última característica era la más alabada por sus compañeros y llegó a tal punto su fama que apareció tres meses seguidos en todos los noticieros televisivos del país. El 20 de enero de 2001 el presidente Vicente Fox, pidió ayuda a varios cárteles poderosos para restablecer el orden y mantener alianzas a través del Chapo Guzmán. De estas pláticas surgieron diversas traiciones que se manifestaron en ríos de sangre y, días más tarde, el Narco quedó a la cabeza del territorio sur. La cede de la quinta reunión fue en Morelia y ahí el Narco miró por vez primera a Marcela.
La joven, que a su vez vio a el Narco bajar de su auto, quedó prendida de su ostentosa figura. Días más tarde Vicente Fox anunció bajo un comunicado oficial que el país había restablecido el control del narcotráfico pero la realidad era otra. Se armaron diversas compañías militares para apresar a los cárteles más fuertes y despiadados, debido a eso el Narco huyó por un tiempo de la zona michoacana y se estableció en Acapulco. A pesar de la retirada, el Narco no dejó de buscar a Marcela e investigó hábilmente que radicaba en Pátzcuaro.
Los crímenes del Narco fueron aumentando día con día y el terror de su fama y la de los Dorados cundió rápidamente por todos los estados del sur. Las opiniones sobre sus crímenes atroces y lo tormentos que ejercía en sus enemigos eran indescriptibles. Rápidamente el Narco se convirtió en el hombre más importante y rico del triángulo Dorado del Sur; el gobierno, igual que los civiles, temía hasta pronunciar su nombre en voz alta.
VIII
LA HUÍDA
Llegó la noche y las nubes opacaron el cielo. Una lluvia densa comenzó a caer sobre los techos tarascos de teja bermeja. Poco antes de que llegara la hora señalada por el Narco, Marcela se levantó de su lecho, tomó la misma bolsa que había usado para empacar la ropa del viaje y se dirigió al lugar más recóndito de la casa, donde había un cuarto amplio que parecía abandonado.
Se trataba de un lugar que servía de bodega en donde doña Consuelo guardaba todas las cosas viejas o que le parecían inservibles. Como era poco frecuentado por su madre, Marcela lo eligió para guardar las joyas que el Narco le regalaba. Sacó una llave de su bolsillo y la introdujo en la cerradura oxidada de la puerta, que abrió lentamente para evitar que rechinara por la falta de aceite y, cuando al fin se hizo caber entre la puerta y el marco, dejó de empujar.
Dentro del cuarto había una oscuridad impenetrable por los ojos humanos, pero Marcela, bien prevenida, llevaba consigo su inseparable linterna que encendió. La luz alumbró primero todos los muebles viejos de madera apolillada, llenos de polvo, pelusas y espesas telarañas. La niña caminó hasta una esquina de la habitación y, con la mayor precaución, apartó una pila de cajas de cartón. Enseguida abrió las puertecillas de un mueble que apareció al remover las cajas e introdujo su brazo hasta el hombro, utilizando el único sentido que le era útil en la oscuridad. Palpó apresuradamente el interior del mueble y su cara palideció al no encontrar lo que buscaba de inmediato; no obstante, recordó que lo que intentaba hallar estaba en el otro extremo del ropero. Alargó el brazo y sacó unos estuches que estaban envueltos en mascadas. Estos fungían como joyeros pues tenían dentro todas las alhajas que el Narco le obsequiaba en cada visita. Había zarcillos, cadenas, brazaletes, gargantillas, anillos y un reloj. La mayoría era de oro reluciente con incrustaciones de piedras, aunque casi todos eran inmensamente toscos y exagerados en cuanto a su proporción. Marcela arrojó rápidamente los joyeros en la bolsa y se dirigió de nuevo a su recámara.
Esperó junto a la ventana cerca de veinte inacabables minutos y, cuando estaba a punto de resignarse al abandono de su amado, éste apareció al pie de la escalera y silbó en su clave acostumbrada para que descendiera. Ella bajó sin cuidado la escalera mojada y resbalosa. Llegó hasta él en un par de segundos y lo abrazó con fuerza; su corazón estaba aliviado y recuperado de la súbita tristeza experimentada durante aquellos largos minutos.
Los amantes corrieron apresurados bajo la lluvia tempestuosa lluvia de esa que suele besar el suelo de los territorios cercanos a los lagos y lagunas en determinadas épocas del año para llegar a la camioneta y abandonar Pátzcuaro inmediatamente. Antes de abordar el gigante vehículo, Marcela vio que detrás de él habían dos autos muy lujosos: un Chrysler 300c y una Dodge Magnum del año. Temerosa de que alguno de los pasajeros los pudiese delatar, le preguntó al Narco:
¿Narco, los hombres que están en esos autos vienen contigo?
Sí, mi vida, no te preocupes, son Dorados. Les ordené que nos hicieran compañía por si sufríamos algún percance con la ley. Debes recordar que esta es una tarea arriesgada. Necesitamos ser cautelosos y tener apoyo para salir con vida de cualquier problema. De este modo se alejaron del hogar afectuoso y seguro en que había vivido Marcela desde la infancia.
IX
LA DECEPCIÓN
Por la mañana, doña Consuelo despertó y vio que el sol ya había salido de su guarida habitual, detrás de los montes. Esto la hizo levantarse con sobresalto debido a que se hacía tarde para ir a México. Ese día habían de abandonar todo su pasado, su casa, sus paseos por las plazas, las bellas calles empedradas y a sus amigos más entrañables.
Se dirigió, aún en ropa de dormir, al cuarto de su hija y advirtió que la bella muchacha no estaba en su cama. Doña Consuelo pensó que probablemente Marcela se había despertado temprano y en aquel preciso momento preparaba un humilde pero delicioso desayuno para ella. Su corazón se enterneció al imaginar a la joven en la cocina.
La madre fue emocionada a la cocina, mas no vio a Marcela. Entonces imaginó que podría estar en cualquier otro lugar de la casa, disponiendo unas cuantas cosas más para el viaje. La señora buscó por toda la casa y se afligió al no encontrar a la hija. Salió de la vivienda a toda prisa para ver si estaba en la calle, pero la niña de sus ojos no apareció.
Al tiempo en que la pobre mujer regresaba a la puerta de su casa, observó unas marcas de llantas. Le fue posible distinguirlas, ya que la lluvia de la noche anterior había provocado que la tierra de la calle se convirtiera en lodo y, como todos sabemos, cualquier objeto o ser que pase sobre el fango deja un rastro. Pero esta era una huella que se imprimió directamente en el corazón de doña Consuelo.
Doña Consuelo, movida por un presentimiento, volvió su rostro hacia la ventana de la recámara de la joven. Vio la escalera que ascendía hasta la ventana que estaba abierta de par en par. La desdichada señora había sufrido una espantosa decepción: su hija no se despertó temprano para hacerle el desayuno, ni salió a la calle para ir por algunos víveres.
¡Se la robaron! exclamó. Su cara se convirtió en el rostro lívido de un fantasma y corrió a su morada solitaria donde comenzó a gemir de dolor y desesperación.
Doña Consuelo comenzó a caminar por toda la casa. Parecía un Edipo desesperado, pero de pronto una voz en su cabeza le ordenó detenerse y mantener la calma. Recargó su cuerpo casi desvanecido sobre el borde de la fuente y miró sobre su hombro en dirección a la puerta de la bodega. Ésta permanecía abierta y al bajar la vista pudo distinguir un reluciente destello. Se acercó con celeridad y distinguió que el brillo provenía de una llave. Entró en la habitación, angustiada e impaciente. Notó que las cajas habían sido desplazadas de su lugar original. Se aproximó y contempló perpleja las puertecillas abiertas del mueble apolillado y después, para su espanto, observó un dije áureo que la joven de tez clara tenía colgado al cuello el día anterior.
Repetía una y otra vez en su cabeza la atroz idea de que su hija había desaparecido. Rompió en un llanto frenético y hasta pellizcó sus brazos para cerciorarse que esto no era un sueño.
No la secuestraron... Escapó ¡Marcela ha huido con un hombre!
La joven Azucena que paseaba por la calle escuchó los sollozos de doña Consuelo. Entró precipitadamente a la casa. La desdichada, infeliz y atormentada madre le informó de la desaparición de Marcela y entrambas reconstruyeron la historia del rapto. Pronto los vecinos y familiares se reunieron dentro de la morada para averiguar qué había pasado con la joven michoacana. Determinaron que era necesario avisar a las autoridades para que la hija de doña Consuelo pudiera regresar a su hogar.
XI
EL COMANDANTE
Cerca del mediodía, Tomás y doña Consuelo se dirigieron al Palacio Municipal de Pátzcuaro para pedirle al comandante de la tropa que uniera sus fuerzas a la búsqueda que estaban a punto de realizar los ciudadanos.
Llegaron al edificio antiguo que era la sede del ayuntamiento y entraron sin impedimento alguno. Caminaron hasta la oficina del presidente municipal pero no atravesaron la puerta. El funcionario se hallaba sentado sobre una silla negra de cuero, detrás de un escritorio de madroño, frente al comandante del escuadrón militar que arribó por la mañana. Ambos tenían en la mano un caballito lleno de charanda El Tarasco.
El funcionario le agradecía al comandante su visita, pero al mismo tiempo le cuestionaba el cumplimiento de su labor y le preguntó:
Señor comandante ¿lograron detener a el Narco y sus Dorados? preguntó el presidente del municipio.
No, no han dejado pistas.
No hay problema, aún tenemos tiempo para atraparlos, no creo que estén muy lejos. Todos sabemos su escondite está en Acapulco, o eso se dice. Deberían ir allá de inmediato para ajusticiarlos.
Eso no será posible, es tiempo de regresarnos a México –dijo el comandante.
Pero ¡Aquí tienen una tarea importante que cumplir! El gobierno necesita resolver el problema. Estos criminales nos han asediado durante mucho tiempo. Actualmente no es seguro salir a la calle de día y ¡no se diga de noche! A cualquier hora pueden atracarlo y matarlo a uno. Los raptos, los asesinatos y las torturas proliferan en todo Michoacán ¡Estamos muertos de miedo! El presidente Felipe Calderón ha anunciado en su última conferencia de prensa que nos comprometíamos a dejar limpia la zona terminó agitado el gobernante.
Bueno pues, ese ya no es nuestro problema. A nosotros se nos ha asignado una tarea más importante en el centro del país: debemos custodiar a uno de los muchos empresarios que tienen amistad con el señor presidente, si hay contradicciones, yo no sé. Nosotros sólo cumplimos órdenes replicó el comandante.
¡Pero no han hecho nada más que venir a pasear! alegó un poco perturbado el mandatario.
¡Ya cállese! gritó el militar, nosotros hemos hecho lo que estuvo en nuestras manos. Matamos a unos cuantos y ya cumplimos; más no podemos hacer.
¿Mataron a alguno de los Dorados? preguntó el presidente municipal, haciendo un ademán de expectativa.
No, matamos a quienes sospechamos que trabajaban para ellos. Ellos son los que permiten que esos asesinos sigan atacando a la población e informan continuamente nuestros planes.
El gobernante cabizbajo dejó su caballito de charanda en el escritorio.
Lo que el gobernante no sabía pero de algún modo imaginaba, era que ninguna autoridad mayor, incluida la que conducía al país, era capaz de hacer frente a la gran red de traficantes. Estaba consciente de que esos hombres tenían más fuerza que ellos. El miedo no se había apoderado únicamente del pueblo, sino del gobierno de la nación y eso, junto con la impotencia que el gobierno sentía ante los narcotraficantes, hacía que los crímenes de los Dorados fueran cada vez más frecuentes y monstruosos.
Tomás y doña Consuelo, que habían escuchado toda la conversación entre el comandante y el gobernador municipal, se desesperaron e hicieron llamar al mandatario. Este salió seguido del comandante. Tomás narró la historia del rapto de Marcela y solicitó al comandante que se ocupara en buscarla, pero éste se negó rotundamente a pesar de que Tomás le ofreció la asistencia de más hombres.
Después de una larga discusión la respuesta fue clara y contundente: el comandante no enviaría a sus hombres a rescatar a Marcela. Lo único que ganó Tomás fue el desprecio del militar pues se había exacerbado con la disputa. Éste lo apresó en un cuarto del ayuntamiento.
Lo cierto es que Tomás fue franco con el comandante. Le habló de todos los errores que estaba cometiendo y de la injusticia que sería no hacer su trabajo. Dijo que era incompetente y cobarde. El jefe rabió al escuchar las críticas del joven pues sabía que, en efecto, lo que se le reprochaba era irrefutable.
Por el disgusto que Tomás le hizo pasar, el comandante decidió que lo llevarían prisionero a lo largo del trayecto de Pátzcuaro a México. Lamentablemente, era probable que el malvado jefe cometiera un crimen más y acabara con la vida del joven, como había terminado con la de otros inocentes.
XII
AMOR VERDADERO
Los militares cumplieron las órdenes de su superior y aprehendieron a Tomás. Toda la gente se encontraba consternada por la arbitraria decisión del comandante.
La muchedumbre se reunió afuera del Palacio Municipal. Azucena, al enterarse de la nueva noticia, corrió a ver a Tomás. Cuando estuvo en el sitio antes señalado, se arrimó a la ventana que daba al cuarto donde él permanecía y le dijo con dulzura:
No te preocupes, Tomás, todo estará bien. Al decir esto una lágrima cristalina rodó por su sonrojada mejilla.
El pescador notó algo extraño en Azucena, algo que nunca había visto. Sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo; se percató de que la bella niña atigrada lo amaba y lamentó no haberlo observado antes. Sentía tristeza por haber sido deslumbrado por la perla y no sentirse atraído por la turmalina negra, que es más bella y brillante.
La joven Azucena consultó al gobernador municipal para convenir lo que habían de hacer con el caso de Tomás. Ella rogó que se hiciera algo inmediatamente y el mandatario optó por llamar a los amigos y familiares de Tomás. En el momento en que todos estuvieron juntos, resolvieron viajar al lado de los militares para evitar que dañaran la integridad física del humilde muchacho.
Llegó la hora en que los hombres partirían. Salieron en grandes camionetas y camiones por las calles de Pátzcuaro, provocando gran estruendo y alboroto hasta desorientar y aturdir a las personas. Cuando la milicia llevaba alrededor de una hora de viaje, varias camionetas tipo pick-up se interpusieron en su camino e impidieron el paso. Los conductores de esas camionetas eran el presidente municipal y las personas cercanas a Tomás, excepto Azucena que cuidaba de doña Consuelo.
El comandante dio la orden de abandonar el camino, no obstante ellos se negaron de manera terminante y le exigieron que les permitiera acompañarlos hasta que llegaran a donde hubiera una autoridad con el poder de decidir cuál sería el porvenir de Tomás. Ante esta demanda, el comandante, conociendo perfectamente que no tenía argumentos suficientes para imponer un castigo al muchacho, accedió a liberarlo y siguió su camino.
Tomás fue liberado gracias a la intervención de Azucena y ahora no dejaba de pensar en ella. Mientras estuvo en cautiverio e incluso rumbo a México, en el interior de su ser germinaba un amor puro y sincero que nunca antes había sentido. Tenía unas ganas terribles de ver a Azucena para abrazarla enérgicamente. Sentía que las lágrimas derramadas por ella podrían llenar todo el lago de Janitzio, y se estremecía al pensar en el sufrimiento que le había producido al querer a otra.
XIII
DOÑA CONSUELO
Llegó por fin a la casita que tantas veces había visitado. Adentro el ambiente era hostil y triste. Las luces estaban apagadas; la oscuridad reinaba en las frías habitaciones. El joven entró sin tocar la puerta y distinguió a Azucena que caminaba hacia él. Ella se arrojó en sus brazos y comenzó a lagrimear. Él sostuvo su rostro entre las manos cálidas para besarla.
¡Deseaba tanto verte! exclamó Tomás, quiero decirte que te amo y disculparme por no reparar en tu interés por mí.
Yo también te amo, pero no estoy segura de que hayas olvidado a Marcela aún. Pienso que todavía la amas con locura y aún más después de su desaparición.
No digas eso. Yo no la amo y nunca la amé. Lo que sentía por ella era sólo un capricho pasajero explicó el pescador. Dejé de pretenderla desde hace mucho tiempo y si algo me mantenía apegado a la familia era el amor maternal que doña Consuelo me brindaba. Ahora lo único que siento por esa muchacha es desprecio. Aborrezco lo que es, demostró su debilidad y barbaridad al escapar con el Narco.
Está bien, creo en ti dijo la joven alegrándose.
Azucena ¿quisieras ser mi esposa? preguntó Tomás con suficiente seguridad para que la joven se sintiera confiada.
¡Por supuesto que sí, Tomás! contestó la niña con todos los sentimientos desbordando de felicidad. ¡Nada me haría más afortunada que casarme contigo!
Pero entre tanto derroche de amor y alegría, los muchachos olvidaron que doña Consuelo estaba enferma. Azucena explicó a Tomás que la señora estaba moribunda, desahuciada. Había contraído una fuerte pulmonía la mañana que salió en busca de Marcela.
Ambos penetraron en la recámara donde Consuelo yacía. Su cama estaba fría al igual que su cuerpo, pero un rayo de luz iluminó su faz cuando vio entrar a Tomás en la habitación. Le agradeció sus atenciones hacia ella y su hija, y le expresó el gran cariño que le tenía. Para recompensar todos los favores del muchacho, la mujer le heredó su casa y otros objetos que poseía. Exhaló un último suspiro y se desvaneció agotada en la cama.
Pasaron cuatro horas antes de que doña Consuelo finalmente muriera. Tomás, que nunca antes había llorado, gimoteó en el lecho de muerte de aquella señora, que tantas veces lo había escuchado y que se había convertido, casi sin quererlo, en la figura de su madre. De la misma forma Azucena lanzaba horridos estruendos y se lanzó sobre el cuerpo muerto para abrazarlo y orar por su alma.
Es el momento adecuado para regresar a la historia paralela de Marcela y saber qué le sucedió después de escapar con el Narco.
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