Como parte de un proyecto para la evaluación final de la asignatura de Literatura Mexicana 5(S XIX)de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el equipo Eros-Mayahuel reescribe "El Zarco" de Ignacio Manuel Altamirano con una propuesta de actualización de ambiente y personajes en relación con el clima de inseguridad y crimen que se vive actualmente en el país.
lunes, 17 de octubre de 2011
LECTURA DEL POEMA “EL ATOYAC”, DE I. MANUEL ALTAMIRANO
Alumno: Nancy Cornejo Cázares
Universidad Nacional Autónoma de México
Facultad de Filosofía y Letras
Colegio de Letras Hispánicas
Literatura mexicana 5 (siglo XIX)
Dra. Mariana Ozuna Castañeda
Hacía 1850 los intelectuales eran o liberales o conservadores, con programas y métodos distintos que a unos pocos años de las luchas independentistas, buscaban unificar un México que no atinaba a cohesionar como nación, sometido por la carestía económica, la presión imperialista norteamericana y los conflictos fratricidas1 (Arguedas, 193). Posteriormente, los conflictos entre liberales y conservadores que llevaron al triunfo sobre la dictadura santanista y la consecutiva convocatoria al Congreso Constituyente para jurar la constitución en 1857, provocarían el estallido de la Guerra de Reforma2. La búsqueda de ayuda europea por parte de grupos conservadores causó el desembarco en puertos veracruzanos de las primeras tropas intervencionistas francesas y la posterior instauración de la monarquía de Maximiliano de Habsburgo; el traslado del gobierno republicano al norte del país deja a México bicéfalo y la guerra continua, esta vez en defensa de los logros independentistas. Finalmente, en 1861, el ejército reformista vence al imperial e inicia la historia moderna de México (Arguedas, 194).
Ignacio M. Altamirano (1834-1889) fue de los escritores que labraron su obra en ese contexto tanto literario e ideológico. En ésta, la restauración de la República al mando de Benito Juárez deja atrás los lances épicos de la Independencia para abrir paso a un supuesto nuevo orden social en que aparecen renovados los valores y las problemáticas a abordar. Sobre esta línea, Altamirano “consagra su entusiasmo a la cultura, buscando los cimientos, organizando las ideas, propugnando métodos y teorías de lo que considera debe ser la expresión literaria nacional” (Arguedas, 194).
Además de la fundación de El correo de México (1867)3, la labor de difusión de Altamirano consistió en la publicación de periódicos4, revistas5, en que reunía los trabajos no solo de escritores liberales, sino que buscaba reanimar la producción en las letras nacionales a través de la convivencia de conservadores y republicanos.6 Escribe artículos, ensayos, relatos, prologa novelas de escritores como Guillermo Prieto y Manuel M. Flores, escribe también novelas breves, novelas histórico-sentimentales7 y en 1871 publica sus Rimas.
En la introducción a las obras completas de Altamirano, Salvador Reyes Nevares habla de la inconstancia de Altamirano como poeta y que muchos de sus poemas no proceden de una necesidad expresiva “auténtica”, sino más bien a una especie de obligación de hombre de letras (Reyes, 11), que respondía al “buen dominio de sus recursos expresivos” que “dijo lo que se propuso y se sujetó, siempre de buena gana, a los cánones del idioma” (Reyes, 12). Reyes habla de Altamirano como “un poeta nada acartonado y poco amigo de uncirse [sic] a modas o tendencias” (Reyes, 13) que recuerda al exhortación de Altamirano a los escritores mexicanos de “abandonar la reproblable costumbre de imitar a los autores extranjeros y que vuelvan los ojos a la patria, al pueblo, a la propia historia para dar fuerza y sentido a su inspiración”.8
En el poema “El Atoyac” (1864), vemos este “volver los ojos a la patria” para inspirarse y también para encontrar motivos que expresen al artista. El poeta nos adelanta en el epígrafe que es en una creciente desde donde escribe, nos habla del manantial que lame penas, que acaricia el tronco de la encina y los pinos, en fin, que se humilla entre los empinados riscos de la sierra. Las aguas en la imagen de Altamirano parece que representa la vida terrenal, el manantial es un momento del paso del agua, tan sólo un instante en su carrera de vuelta al mar (de cuyas costas nos habla versos más abajo) en que el hombre se entrega a la contemplación en medio del ambiente salvaje, árido, serrano.
Después nos habla de flores, y es que el agua del manantial se mueve al igual que los hombres de la sierra, rodeada de un paisaje cambiante pero armonioso en que se encuentra la fragilidad de las flores con la dureza de los árboles y el montaraz de las rocas.
El agua del manantial, ni sólida ni etérea, se mueve por la llanura, “se abre paso del bosque en la espesura”, se torna salvaje también y ya no es que se dirija pasivamente a rendir “el tributo abundante”, sino que ruge y se nutre en el camino de los pechos de la nube oscura y arrasa con obras del hombre y de la tierra (cabañas y manglares). ¿No es también la vida del hombre así? Es carne de la carne de su madre y, rodeado de elementos frágiles y resistentes, va abriéndose camino hasta el principio y fin de todas las cosas, que es la muerte. Y desde un punto de vista “erotizante”, podríamos decir que en el acto de cúpula son las mismas evoluciones por las que se atraviesa: la contemplación del objeto de deseo, el cortejo o preámbulo amoroso (“humilde manantial, lamiendo apenas/las doradas arenas…”), la correspondencia reflejada en el tapiz de flores que le adorna la caída y después la brusquedad de los sonidos mientras ya no “desciende” sino que “invade”. Esa “nube oscura” ¡tiene senos! y le nutre para continuar en el descenso. Comienza el acto de guerra que rasga, que destroza “los manglares corpulentos”, que ya no se pueden resistir y el manantial termina, vertiéndose en el mar que le recibe como un tributo.
En la segunda parte del poema hay un paso de lo descriptivo a lo sentimental, rasgo que Reyes identifica con el romanticismo
El poeta transfiere a su entorno su estado de ánimo y permite que el entorno le transmita a su vez una serie de estímulos, gozosos o melancólicos, que habrán de avivar el contenido emocional que él porta. Entre el sujeto y el objeto hay una comunicación activa, a consecuencia de la cual los elementos de la naturaleza reaccionan ante la pasión humana y ésta se deja influir por ellos. El paisaje, por tanto, no es un simple escenario, sino que interviene de alguna manera en las actitudes y sensaciones del poeta. (Reyes, 15).
En esta segunda parte, el poeta corrobora la primer hipótesis: el furor “temible y poderoso” del río que es dulce al nacer y al crecer se torna en un ser espantable y se pierde moribundo en el mar, es el amor, al que la “ingrata fortuna” se complace en imponer desgracias para desesperarlo y hacerlo correr “desatentado y ciego” de ambición para hundirlo en desdichas.
La naturaleza está pasando por el trecho entre el romanticismo y el neoclasicismo, no es ya el fondo inerte del cuadro, sino que está viva, siente y es capaz de expresar al poeta. Sin duda alguna Altamirano logra no sólo la incorporación de la tradición estética eurocéntrica a lo nacional, sino que hay también un traslado de motivos, por llamarles de alguna forma “canónicos”, a la interpretación y relectura de los paisajes mexicanos y del momento histórico por el que atravesaba y que asimilaba en sí mismo, su situación cultural.
BIBLIOGRAFÍA
Escartín Gual, Montserrat, Diccionario de símbolos literarios, PPU, Barcelona, 1996.
Madrigal Iñigo, Luis (coordinador), Historia de la literatura Hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo, Cátedra, Madrid, 1987.
Reyes Nevares, Salvador (pról. y notas), Obras completas. Ignacio Manuel Altamirano, varios tomos, Secretaría de Educación Pública, México, 1986.
1 Dice Ledda Arguedas: “Hasta 1854, la figura extravagante de Santa Anna domina la escena política del país, cuya zona central se veía asolada por partidas de bandoleros, producto de las tropas de <<leva>> que los cientos de generales-caudillos organizaban personalmente para derrocarse unos a otros. En Yucatán, la explotación despiadada llevaba a los mayas a la <<guerra de castas>>, que tuvo consecuencias destructivas para el extremo sur de la República; mientras, en el extremo norte, 2.000.000 de kilómetros cuadrados pasaban a ser propiedad de los Estado Unidos de América.” Ledda Arguedas, “Ignacio Manuel Altamirano”, en Historia de la literatura Hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo, Luis Iñigo Madrigal (coord.), Cátedra, Madrid, 1987, p. 193.
2 La cual vence hacia 1961, año en que Altamirano es nombrado diputado del Congreso de la Unión tras haber servido como secretario de Juan Álvarez, general del ejército liberal que luchaba contra Santa Anna. (Arguedas, 193).
3 Junto con Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto.
4 En 1871 colabora con la fundación del Federalista, en 1875 de La tribuna; dirige en 1875 dirige La república.
5 Como la revista Renacimiento, alentada por “el principio de la pacificación y la concordancia en y por la cultura” (Argedas, 194).
6 Por ejemplo, del imperialista Ignacio Montes de Oca y el Conservador José María Roa Bárcena en convivencia con los republicanos liberales de Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y el mismo Altamirano.
7 Actividad que le valió la atribución de iniciador de la novela moderna mexicana. Dice Arguedas: “es el primer novelista de su país que escribe empujado por una preocupación estética, por una afán decidido respecto a la forma y a la técnica […] inquietud subordinada, la mayoría de las veces, a una idea central: construir una narrativa nacional e integrar a través de la literatura la conciencia del país desperdigada y lacerada inevitablemente por las luchas civiles y por las agresiones externas.” (Arguedas, 195).
8 Ignacio Manuel Altamirano, La literatura nacional, José Luis Martínez (ed. y pról.), México, Porrúa, 1949, I, pp. 12-14. Citado en Ledda Arguedas, op.cit. p.195.
domingo, 16 de octubre de 2011
Si el vino se ha acabado,
dame pulque, mancebo;
también el pulque es don
del gran padre Lieo.
¿No ves cómo se me hinchan
las venas al beberlo?
¿Cómo se enciende el rostro,
cómo me late el pecho?
Pues advierte ora en mi alma
un entusiasmo nuevo,
cual no inspiró jamás
la trípode de Febo.
Ya alrededor de mí
girar el mundo veo;
ya la tierra a mis ojos
se cubre de humo denso;
ya mis piernas vacilan
me tiembla todo el cuerpo;
para apoyar mis pies
me va faltando el suelo.
¡Oh Baco! Tú me encumbras
hasta los altos cielos.
Urania, docta musa,
¡oh ninfa del Permeso!
reconoce el olivo
que en esta frente tengo.
Tu sacerdote soy
y he quemado mi incienso
a la falda del Pindo
y del Parnaso excelso.
Haz que conozca yo
mejor que Tolomeo,
los nombres y los giros
de estos globos de fuego.
¿Qué es esa mancha blanca
que desigual advierto
entre la Osa Mayor
del Olimpo soberbio?
¿Es pulque derramado?
Pero no: soy un necio;
conozco la Vía Láctea,
de su origen me acuerdo.
Perdona, sacra Juno,
si a comparar me atrevo
el jugo del maguey
al néctar de tu pecho.
La razón me ha faltado,
yo mismo no me entiendo.
¡Tal me han puesto los dones
del gran padre Lieo!
dame pulque, mancebo;
también el pulque es don
del gran padre Lieo.
¿No ves cómo se me hinchan
las venas al beberlo?
¿Cómo se enciende el rostro,
cómo me late el pecho?
Pues advierte ora en mi alma
un entusiasmo nuevo,
cual no inspiró jamás
la trípode de Febo.
Ya alrededor de mí
girar el mundo veo;
ya la tierra a mis ojos
se cubre de humo denso;
ya mis piernas vacilan
me tiembla todo el cuerpo;
para apoyar mis pies
me va faltando el suelo.
¡Oh Baco! Tú me encumbras
hasta los altos cielos.
Urania, docta musa,
¡oh ninfa del Permeso!
reconoce el olivo
que en esta frente tengo.
Tu sacerdote soy
y he quemado mi incienso
a la falda del Pindo
y del Parnaso excelso.
Haz que conozca yo
mejor que Tolomeo,
los nombres y los giros
de estos globos de fuego.
¿Qué es esa mancha blanca
que desigual advierto
entre la Osa Mayor
del Olimpo soberbio?
¿Es pulque derramado?
Pero no: soy un necio;
conozco la Vía Láctea,
de su origen me acuerdo.
Perdona, sacra Juno,
si a comparar me atrevo
el jugo del maguey
al néctar de tu pecho.
La razón me ha faltado,
yo mismo no me entiendo.
¡Tal me han puesto los dones
del gran padre Lieo!
jueves, 13 de octubre de 2011
Anacreónticas
POETAS MEXICANOS DE LOS PRIMEROS 100 AÑOS DE LIBERTAD
ANACREÓNTICAS
José María Moreno
No en mi amorosa flauta
himnos daré a la gloria
del sabio a quien Minerva
ciñe inmortal corona;
ni menos al guerrero
que con ira sañosa
a su inocente hermano
la dulce vida acorta. . .
- - - - -
AL PULQUE
¡Blanco, espumoso pulque!
¡Consolador festivo!
Vén, y amigo refresca
mi labio desequido.
Por tí el duro trabajo
del bochornoso estío
soporta con paciencia
y aun con placer el indio . . .
. . . Y el mancebo Dalmiro,
que de sabroso pulque
llevaba un cantarillo . . .
- - - - - -
¡Mira que fresco y lindo,
qué espumoso, qué blanco,
bulle el divino pulque
en el profundo vaso! . . .
Segundamente mando
que, enterrado mi cuerpo,
plantes encima de él
un maguey verde y fresco . . .
. . . Es que a mi tumba vengas
de pámpanos ornada
la sien, y rosas frescas;
y sobre ellas derrames
anchas jícaras llenas
de delicioso pulque. . . .
Y revolviendo vino
y Mexicano néctar,
un lleno y ancho vaso
taimada me presenta . . .
ANACREÓNTICAS
José María Moreno
No en mi amorosa flauta
himnos daré a la gloria
del sabio a quien Minerva
ciñe inmortal corona;
ni menos al guerrero
que con ira sañosa
a su inocente hermano
la dulce vida acorta. . .
- - - - -
AL PULQUE
¡Blanco, espumoso pulque!
¡Consolador festivo!
Vén, y amigo refresca
mi labio desequido.
Por tí el duro trabajo
del bochornoso estío
soporta con paciencia
y aun con placer el indio . . .
. . . Y el mancebo Dalmiro,
que de sabroso pulque
llevaba un cantarillo . . .
- - - - - -
¡Mira que fresco y lindo,
qué espumoso, qué blanco,
bulle el divino pulque
en el profundo vaso! . . .
Segundamente mando
que, enterrado mi cuerpo,
plantes encima de él
un maguey verde y fresco . . .
. . . Es que a mi tumba vengas
de pámpanos ornada
la sien, y rosas frescas;
y sobre ellas derrames
anchas jícaras llenas
de delicioso pulque. . . .
Y revolviendo vino
y Mexicano néctar,
un lleno y ancho vaso
taimada me presenta . . .
D. JUAN JOSÉ MARTÍNEZ DE LEJARZA
XVI
PULQUE
Dame, Súchi, el cogote
lleno de pulque suave
con que la sed ardiente
por un momento aplaque.
Dame el licor sabroso,
de gusto incomparable
que á los indios tributa
el mexicano Agave.
Y para su fuerza
mi cabeza no ataque,
aplícalo a mis sienes
que es remedio constante.
Y en tanto que reposa
bajo esta palma amable
con flores olorosas
ven, ven á coronarme.
I. M. ALTAMIRANO
ATOYAC
Abrase el sol de julio las playas arenosas
Que azota con sus tumbos embravecido el mar;
Y opongan en su lucha las aguas orgullosas
Al encendido rayo su ronco rebramar.
Tú corres blandamente bajo la fresca sombra
Que el mangle con sus ramas espesas te formó;
Y duermen tus remansos en la mullida alfombra
Que dulce Primavera de flores matizó.
Tú juegas en las grutas que forman tus riberas
De ceibas y parotas el bosque colosal;
Y plácido murmuras al pie de las palmeras,
Que esbeltas se retratan en tu onda de cristal.
En este Edén divino, que esconde aquí la costa,
El sol ya no penetra con rayo abrasador;
Su luz, cayendo tibia, los árboles no agosta,
Y en tu enramada espesa se tiñe de verdor.
Aquí sólo se escuchan murmullos mil suaves,
El blando son que forman tus linfas al correr,
La planta cuando crece, y el canto de las aves,
Y el aura que suspira, las ramas al mecer.
Osténtanse las flores que cuelgan de tu techo
En mil y mil guirnaldas para adornar tu sien;
Y el gigantesco loto, que brota de tu lecho,
Con frescos ramilletes inclínase también.
Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo,
El mango con sus pomas de oro y de carmín;
Y en los ilamos saltan, gozoso el papagayo,
El ronco carpintero y el dulce colorín.
A veces tus cristales se apartan bulliciosos
De tus morenas ninfas jugando en derredor;
Y amante les prodigas abrazos misteriosos,
Y lánguido recibes sus ósculos de amor.
Y cuando el sol se oculta detrás de los palmares,
Y en tu salvaje templo comienza a obscurecer,
Del ave te saludan los últimos cantares
Que lleva de los vientos el vuelo postrimer.
La noche viene tibia; se cuelga ya brillando
La blanca luna, en medio de un cielo de zafir,
Y todo allá en los bosques se encoge y va callando,
Y todo en tus riberas empieza ya a dormir.
Entonces en tu lecho de arena, aletargado,
Cubriéndose las palmas con lúgubre capuz,
También te vas durmiendo, apenas alumbrado
Del astro de la noche por la argentada luz.
Y así resbalas muelle; ni turban tu reposo
Del remo de las barcas el tímido rumor,
Ni el repentino brinco del pez que huye medroso
En busca de las peñas que esquiva el pescador.
Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros,
Ni el ronco que a los aires los caracoles dan,
Ni el hueco vigilante que en gritos lastimeros
Inquieta entre los juncos el sueño del caimán.
En tanto los cocuyos en polvo refulgente
Salpican los umbrosos yerbajes de huamil,
Y las oscuras malvas de algodón naciente,
Que crece de las cañas de maíz entre el carril.
Y en tanto en la cabaña, la joven que se mece
En la ligera hamaca y en lánguido vaivén.
Arrúllase cantando la zamba que entristece
Mezclado con las trovas el suspirar también.
Mas de repente, al aire resuenan los bordones
Del arpa de la costa con incitante son;
Y agítanse y preludian la flor de las canciones,
La dulce malagueña que alegra el corazón.
Entonces, de los Barrios la turba placentera
En pos del arpa el bosque comienza a recorrer,
Y todo en breve es fiestas y danza en tu ribera,
Y todo amor y cantos y risas y placer.
Así transcurren breves y sin sentir las horas;
Y de tus blandos sueños en medio del sopor
Escuchas a tus hijas, morenas seductoras,
Que entonan a la luna sus cántigas de amor.
Las aves en sus nidos, de dicha se estremecen,
Los floripondios se abren su esencia a derramar;
Los céfiros despiertan, y suspirar parecen;
Tus aguas en el álveo se sienten palpitar.
¡Ay! ¿Quién en estas horas en que el insomnio ardiente
Aviva los recuerdos del eclipsado bien,
No busca el blando seno de la querida ausente
Para posar los labios y reclinar la sien?
Las palmas se entrelazan, la luz en sus caricias
Destierra de tu lecho la triste oscuridad:
Las flores a las auras inundan de delicias...
Y sólo el alma siente su triste soledad.
Adiós, callado río: tus verdes y risueñas
Orillas, no entristezcan las quejas del pesar;
Que oírlas sólo deben las solitarias peñas
Que azota, con sus tumbos, embravecido el mar.
Tú queda reflejando la luna en tus cristales,
Que pasan en tus bordes tupidos a mecer
Los verdes ahuejotes y azules carrizales,
Que al sueño ya rendidos volviéronse a caer.
Tú corre blandamente bajo la fresca sombra
Que el mangle con sus ramas espesas te formó;
Y duermen tus remansos en la mullida alfombra
Que alegre Primavera de flores matizó.
Abrase el sol de julio las playas arenosas
Que azota con sus tumbos embravecido el mar;
Y opongan en su lucha las aguas orgullosas
Al encendido rayo su ronco rebramar.
Tú corres blandamente bajo la fresca sombra
Que el mangle con sus ramas espesas te formó;
Y duermen tus remansos en la mullida alfombra
Que dulce Primavera de flores matizó.
Tú juegas en las grutas que forman tus riberas
De ceibas y parotas el bosque colosal;
Y plácido murmuras al pie de las palmeras,
Que esbeltas se retratan en tu onda de cristal.
En este Edén divino, que esconde aquí la costa,
El sol ya no penetra con rayo abrasador;
Su luz, cayendo tibia, los árboles no agosta,
Y en tu enramada espesa se tiñe de verdor.
Aquí sólo se escuchan murmullos mil suaves,
El blando son que forman tus linfas al correr,
La planta cuando crece, y el canto de las aves,
Y el aura que suspira, las ramas al mecer.
Osténtanse las flores que cuelgan de tu techo
En mil y mil guirnaldas para adornar tu sien;
Y el gigantesco loto, que brota de tu lecho,
Con frescos ramilletes inclínase también.
Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo,
El mango con sus pomas de oro y de carmín;
Y en los ilamos saltan, gozoso el papagayo,
El ronco carpintero y el dulce colorín.
A veces tus cristales se apartan bulliciosos
De tus morenas ninfas jugando en derredor;
Y amante les prodigas abrazos misteriosos,
Y lánguido recibes sus ósculos de amor.
Y cuando el sol se oculta detrás de los palmares,
Y en tu salvaje templo comienza a obscurecer,
Del ave te saludan los últimos cantares
Que lleva de los vientos el vuelo postrimer.
La noche viene tibia; se cuelga ya brillando
La blanca luna, en medio de un cielo de zafir,
Y todo allá en los bosques se encoge y va callando,
Y todo en tus riberas empieza ya a dormir.
Entonces en tu lecho de arena, aletargado,
Cubriéndose las palmas con lúgubre capuz,
También te vas durmiendo, apenas alumbrado
Del astro de la noche por la argentada luz.
Y así resbalas muelle; ni turban tu reposo
Del remo de las barcas el tímido rumor,
Ni el repentino brinco del pez que huye medroso
En busca de las peñas que esquiva el pescador.
Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros,
Ni el ronco que a los aires los caracoles dan,
Ni el hueco vigilante que en gritos lastimeros
Inquieta entre los juncos el sueño del caimán.
En tanto los cocuyos en polvo refulgente
Salpican los umbrosos yerbajes de huamil,
Y las oscuras malvas de algodón naciente,
Que crece de las cañas de maíz entre el carril.
Y en tanto en la cabaña, la joven que se mece
En la ligera hamaca y en lánguido vaivén.
Arrúllase cantando la zamba que entristece
Mezclado con las trovas el suspirar también.
Mas de repente, al aire resuenan los bordones
Del arpa de la costa con incitante son;
Y agítanse y preludian la flor de las canciones,
La dulce malagueña que alegra el corazón.
Entonces, de los Barrios la turba placentera
En pos del arpa el bosque comienza a recorrer,
Y todo en breve es fiestas y danza en tu ribera,
Y todo amor y cantos y risas y placer.
Así transcurren breves y sin sentir las horas;
Y de tus blandos sueños en medio del sopor
Escuchas a tus hijas, morenas seductoras,
Que entonan a la luna sus cántigas de amor.
Las aves en sus nidos, de dicha se estremecen,
Los floripondios se abren su esencia a derramar;
Los céfiros despiertan, y suspirar parecen;
Tus aguas en el álveo se sienten palpitar.
¡Ay! ¿Quién en estas horas en que el insomnio ardiente
Aviva los recuerdos del eclipsado bien,
No busca el blando seno de la querida ausente
Para posar los labios y reclinar la sien?
Las palmas se entrelazan, la luz en sus caricias
Destierra de tu lecho la triste oscuridad:
Las flores a las auras inundan de delicias...
Y sólo el alma siente su triste soledad.
Adiós, callado río: tus verdes y risueñas
Orillas, no entristezcan las quejas del pesar;
Que oírlas sólo deben las solitarias peñas
Que azota, con sus tumbos, embravecido el mar.
Tú queda reflejando la luna en tus cristales,
Que pasan en tus bordes tupidos a mecer
Los verdes ahuejotes y azules carrizales,
Que al sueño ya rendidos volviéronse a caer.
Tú corre blandamente bajo la fresca sombra
Que el mangle con sus ramas espesas te formó;
Y duermen tus remansos en la mullida alfombra
Que alegre Primavera de flores matizó.
JOSÉ CADALSO
¿Quién es aquél que baja
por aquella colina,
la botella en la mano,
en el rostro la risa,
de pámpanos y hiedra
la cabeza ceñida,
cercado de zagales,
rodeado de ninfas,
que al son de los panderos
dan voces de alegría,
celebran sus hazañas,
aplauden su venida?
Sin duda será Baco,
el padre de las viñas.
Pues no, que es el poeta
autor de esta letrilla.
por aquella colina,
la botella en la mano,
en el rostro la risa,
de pámpanos y hiedra
la cabeza ceñida,
cercado de zagales,
rodeado de ninfas,
que al son de los panderos
dan voces de alegría,
celebran sus hazañas,
aplauden su venida?
Sin duda será Baco,
el padre de las viñas.
Pues no, que es el poeta
autor de esta letrilla.
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