domingo, 16 de octubre de 2011


Si el vino se ha acabado,
dame pulque, mancebo;
también el pulque es don
del gran padre Lieo.
¿No ves cómo se me hinchan
las venas al beberlo?
¿Cómo se enciende el rostro,
cómo me late el pecho?
Pues advierte ora en mi alma
un entusiasmo nuevo,
cual no inspiró jamás
la trípode de Febo.
Ya alrededor de mí
girar el mundo veo;
ya la tierra a mis ojos
se cubre de humo denso;
ya mis piernas vacilan
me tiembla todo el cuerpo;
para apoyar mis pies
me va faltando el suelo.
¡Oh Baco! Tú me encumbras
hasta los altos cielos.
Urania, docta musa,
¡oh ninfa del Permeso!
reconoce el olivo
que en esta frente tengo.
Tu sacerdote soy
y he quemado mi incienso
a la falda del Pindo
y del Parnaso excelso.
Haz que conozca yo
mejor que Tolomeo,
los nombres y los giros
de estos globos de fuego.
¿Qué es esa mancha blanca
que desigual advierto
entre la Osa Mayor
del Olimpo soberbio?
¿Es pulque derramado?
Pero no: soy un necio;
conozco la Vía Láctea,
de su origen me acuerdo.
Perdona, sacra Juno,
si a comparar me atrevo
el jugo del maguey
al néctar de tu pecho.
La razón me ha faltado,
yo mismo no me entiendo.
¡Tal me han puesto los dones
del gran padre Lieo!

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