lunes, 17 de octubre de 2011

LECTURA DEL POEMA “EL ATOYAC”, DE I. MANUEL ALTAMIRANO


 
Alumno: Nancy Cornejo Cázares
Universidad Nacional Autónoma de México
Facultad de Filosofía y Letras
Colegio de Letras Hispánicas
Literatura mexicana 5 (siglo XIX)
Dra. Mariana Ozuna Castañeda

Hacía 1850 los intelectuales eran o liberales o conservadores, con programas y métodos distintos que a unos pocos años de las luchas independentistas, buscaban unificar un México que no atinaba a cohesionar como nación, sometido por la carestía económica, la presión imperialista norteamericana y los conflictos fratricidas1 (Arguedas, 193). Posteriormente, los conflictos entre liberales y conservadores que llevaron al triunfo sobre la dictadura santanista y la consecutiva convocatoria al Congreso Constituyente para jurar la constitución en 1857,  provocarían el estallido de la Guerra de Reforma2. La búsqueda de ayuda europea por parte de grupos conservadores causó el desembarco en puertos veracruzanos de las primeras tropas intervencionistas francesas y la posterior instauración de la monarquía de Maximiliano de Habsburgo; el traslado del gobierno republicano al norte del país deja a México bicéfalo y la guerra continua, esta vez en defensa de los logros independentistas. Finalmente, en 1861, el ejército reformista vence al imperial e inicia la historia moderna de México (Arguedas, 194).
           Ignacio M. Altamirano (1834-1889) fue de los escritores que labraron su obra en ese contexto tanto literario e ideológico. En ésta, la restauración de la República al mando de Benito Juárez deja atrás los lances épicos de la Independencia para abrir paso a un supuesto nuevo orden social en que aparecen renovados los valores y las problemáticas a abordar. Sobre esta línea, Altamirano “consagra su entusiasmo a la cultura, buscando los cimientos, organizando las ideas, propugnando métodos y teorías de lo que considera debe ser la expresión literaria nacional” (Arguedas, 194).
           Además de la fundación de El correo de México (1867)3, la labor de difusión de Altamirano consistió en la publicación de periódicos4, revistas5, en que reunía los trabajos no solo de escritores liberales, sino que buscaba reanimar la producción en las letras nacionales a través de la convivencia de conservadores y republicanos.6 Escribe artículos, ensayos, relatos, prologa novelas de escritores como Guillermo Prieto y Manuel M. Flores, escribe también novelas breves, novelas histórico-sentimentales7 y en 1871 publica sus Rimas.
              En la introducción a las obras completas de Altamirano, Salvador Reyes Nevares habla de la inconstancia de Altamirano como poeta y que muchos de sus poemas no proceden de una necesidad expresiva “auténtica”, sino más bien a una especie de obligación de hombre de letras (Reyes, 11), que respondía al “buen dominio de sus recursos expresivos” que “dijo lo que se propuso y se sujetó, siempre de buena gana, a los cánones del idioma” (Reyes, 12). Reyes habla de Altamirano como “un poeta nada acartonado y poco amigo de uncirse [sic] a modas o tendencias” (Reyes, 13) que recuerda al exhortación de Altamirano a los escritores mexicanos de “abandonar la reproblable costumbre de imitar a los autores extranjeros y que vuelvan los ojos a la patria, al pueblo, a la propia historia para dar fuerza y sentido a su inspiración”.8
                En el poema “El Atoyac” (1864), vemos este “volver los ojos a la patria” para inspirarse y también para encontrar motivos que expresen al artista. El poeta nos adelanta en el epígrafe que es en una creciente desde donde escribe, nos habla del manantial que lame penas, que acaricia el tronco de la encina y los pinos, en fin, que se humilla entre los empinados riscos de la sierra. Las aguas en la imagen de Altamirano parece que representa la vida terrenal, el manantial es un momento del paso del agua, tan sólo un instante en su carrera de vuelta al mar (de cuyas costas nos habla versos más abajo) en que el hombre se entrega a la contemplación en medio del ambiente salvaje, árido, serrano.
                 Después nos habla de flores, y es que el agua del manantial se mueve al igual que los hombres de la sierra, rodeada de un paisaje cambiante pero armonioso en que se encuentra la fragilidad de las flores con la dureza de los árboles y el montaraz de las rocas.
                 El agua del manantial, ni sólida ni etérea, se mueve por la llanura, “se abre paso del bosque en la espesura”, se torna salvaje también y ya no es que se dirija pasivamente a rendir “el tributo abundante”, sino que ruge y se nutre en el camino de los pechos de la nube oscura y arrasa con obras del hombre y de la tierra (cabañas y manglares). ¿No es también la vida del hombre así? Es carne de la carne de su madre y, rodeado de elementos frágiles y resistentes, va abriéndose camino hasta el principio y fin de todas las cosas, que es la muerte. Y desde un punto de vista “erotizante”, podríamos decir que en el acto de cúpula son las mismas evoluciones por las que se atraviesa: la contemplación del objeto de deseo, el cortejo o preámbulo amoroso (“humilde manantial, lamiendo apenas/las doradas arenas…”), la correspondencia reflejada en el tapiz de flores que le adorna la caída y después la brusquedad de los sonidos mientras ya no “desciende” sino que “invade”. Esa “nube oscura” ¡tiene senos! y le nutre para continuar en el descenso. Comienza el acto de guerra que rasga, que destroza “los manglares corpulentos”, que ya no se pueden resistir y el manantial termina, vertiéndose en el mar que le recibe como un tributo.
           En la segunda parte del poema hay un paso de lo descriptivo a lo sentimental, rasgo que Reyes identifica con el romanticismo
El poeta transfiere a su entorno su estado de ánimo y permite que el entorno le transmita a su vez una serie de estímulos, gozosos o melancólicos, que habrán de avivar el contenido emocional que él porta. Entre el sujeto y el objeto hay una comunicación activa, a consecuencia de la cual los elementos de la naturaleza reaccionan ante la pasión humana y ésta se deja influir por ellos. El paisaje, por tanto, no es un simple escenario, sino que interviene de alguna manera en las actitudes y sensaciones del poeta. (Reyes, 15).

En esta segunda parte, el poeta corrobora la primer hipótesis: el furor “temible y poderoso” del río que es dulce al nacer y al crecer se torna en un ser espantable y se pierde moribundo en el mar, es el amor, al que la “ingrata fortuna” se complace en imponer desgracias para desesperarlo y hacerlo correr “desatentado y ciego” de ambición para hundirlo en desdichas.
              La naturaleza está pasando por el trecho entre el romanticismo y el neoclasicismo, no es ya el fondo inerte del cuadro, sino que está viva, siente y es capaz de expresar al poeta. Sin duda alguna Altamirano logra no sólo la incorporación de la tradición estética eurocéntrica a lo nacional, sino que hay también un traslado de motivos, por llamarles de alguna forma “canónicos”, a la interpretación y relectura de los paisajes mexicanos y del momento histórico por el que atravesaba y que asimilaba en sí mismo, su situación cultural.


BIBLIOGRAFÍA
Escartín Gual, Montserrat, Diccionario de símbolos literarios, PPU, Barcelona, 1996.
Madrigal Iñigo, Luis (coordinador), Historia de la literatura Hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo, Cátedra, Madrid, 1987.
Reyes Nevares, Salvador (pról. y notas), Obras completas. Ignacio Manuel Altamirano, varios tomos, Secretaría de Educación Pública, México, 1986. 







1 Dice Ledda Arguedas: “Hasta 1854, la figura extravagante de Santa Anna domina la escena política del país, cuya zona central se veía asolada por partidas de bandoleros, producto de las tropas de <<leva>> que los cientos de generales-caudillos organizaban personalmente para derrocarse unos a otros. En Yucatán, la explotación despiadada llevaba a los mayas a la <<guerra de castas>>, que tuvo consecuencias destructivas para el extremo sur de la República; mientras, en el extremo norte, 2.000.000 de kilómetros cuadrados pasaban a ser propiedad de los Estado Unidos de América.” Ledda Arguedas, “Ignacio Manuel Altamirano”, en Historia de la literatura Hispanoamericana. Tomo II: Del neoclasicismo al modernismo, Luis Iñigo Madrigal (coord.), Cátedra, Madrid, 1987, p. 193.
2 La cual vence hacia 1961, año en que Altamirano es nombrado diputado del Congreso de la Unión tras haber servido como secretario de Juan Álvarez, general del ejército liberal que luchaba contra Santa Anna. (Arguedas, 193).
3 Junto con Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto.
4 En 1871 colabora con la fundación del Federalista, en 1875 de La tribuna; dirige en 1875 dirige La república.
5 Como la revista Renacimiento, alentada por “el principio de la pacificación y la concordancia en y por la cultura” (Argedas, 194).
6 Por ejemplo, del imperialista Ignacio Montes de Oca y el Conservador José María Roa Bárcena en convivencia con los republicanos liberales de Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y el mismo Altamirano.
7 Actividad que le valió la atribución de iniciador de la novela moderna mexicana. Dice Arguedas: “es el primer novelista de su país que escribe empujado por una preocupación estética, por una afán decidido respecto a la forma y a la técnica […] inquietud subordinada, la mayoría de las veces, a una idea central: construir una narrativa nacional e integrar a través de la literatura la conciencia del país desperdigada y lacerada inevitablemente por las luchas civiles y por las agresiones externas.” (Arguedas, 195).
8 Ignacio Manuel Altamirano, La literatura nacional, José Luis Martínez (ed. y pról.), México, Porrúa, 1949, I, pp. 12-14. Citado en Ledda Arguedas, op.cit. p.195.


2 comentarios:

  1. Sospecho que no es del "Atoyac" mi trabajo :S

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  2. Miguel: Este es el tipo de análisis que ocupé. No veo el de Arturo, pero supongo que es igual.

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